Una cuestión de fe


Si algo se le puede reconocer a Donald Trump es su capacidad innata de transformar un fracaso estrepitoso en un éxito sin paliativos, o por lo menos hacerlo pasar por tal. Eso, sumado a su asombrosa habilidad de repartir los marrones a su alrededor de forma que a él no le salpiquen, algo en lo que solo es superado por Esperanza Aguirre, le convierten en el caimán perfecto para sobrevivir en ese pantano que es la política en general y la norteamericana en particular. 

Viene esto a cuento por el enésimo revolcón sufrido por el presidente de los EE.UU, esta vez por parte de sus propios socios republicanos, que han tumbado en el Senado el proyecto de derogación del Obamacare, el plan de salud creado por el anterior presidente y que es una de las particulares bestias negras -sin querer hacer chistes fáciles -del presidente Trump. La relevancia de esta derrota no está solo en la magnitud de la misma. Por si no lo saben el sistema de salud pública norteamericano es un completo desastre, por decirlo en término suaves, y el Obamacare vino a poner un poco de orden en el asunto. Su derogación, tal y como la planteaba Trump, supondría dejar a cerca de veinte millones de ciudadanos sin derecho a sanidad de ningún tipo. La relevancia de esta derrota es que ha venido propinada por fuego amigo de su propio partido, que empieza a actuar por libre ante la arrogancia sin límites de su presidente.

En sus primeros siete meses de mandato, Trump ostenta el increíble récord de no haber cumplido ni una sola de sus promesas electorales, incluidas las diez medidas que pensaba adoptar en sus primeros cien días en la Casa Blanca. Además, está enterrado hasta el cuello en un escándalo de corrupción y espionaje ruso que podría suponer su destitución, vive enfrentado a los medios de prensa, el staff de la Casa Blanca se insulta en público metido en una guerra civil incomprensible azuzada por el propio Trump y por encima el presidente y su familia desdibujan permanentemente la línea entre lo público y sus negocios privados, con sospechas de enriquecimiento ilícito de una de sus hijas. Y todo esto cuando aún no ha llegado a cumplir su primer año de su mandato. En cualquier otro momento de la historia de los Estados Unidos, Trump sería un cadáver político hace ya mucho tiempo, arrastrado por el escándalo y la ineptitud. Sin embargo, todas las encuestas desvelan que su base electoral sigue siendo bastante sólida, sobre todo entre la masa blanca, rural y empobrecida del centro y sur del país. Son aquellos millones de habitantes que forman la otra América, la que se está quedando atrás, con fabricas cerradas y crisis de valores, frente a las grandes ciudades que son el motor económico, social y moral del país. A medida que EEUU se vuelve cada vez más mestizo, rico y diverso ellos son más pobres, mayores y están más perdidos. Por eso alguien como Trump, que les promete que su país volverá a ser como era en la generación de sus padres y abuelos -aunque para eso tenga que levantar un muro- les convence. Y por eso le apoyarán ciegamente, aunque las noticias les bombardeen con su ineptitud rampante. Porque ya no es una cuestión de resultados, sino de fe. Y Trump es su último asidero antes de reconocer su propia derrota.

Valora este artículo

2 votos
Comentarios

Una cuestión de fe