El bárbaro atentado de ayer en Barcelona -como antes los de París, Londres o Berlín- confirma lo que ya sabíamos desde el 11M: vivimos en un mundo inseguro en el que nadie puede garantizar una protección absoluta. No existe el riesgo cero. Y con esa incertidumbre hay que aprender a convivir. Con precaución, pero sin miedo. Ver tan cerca el rostro del terror nos hace ser más conscientes de la fragilidad de la vida, en general, pero también de nuestras sociedades en particular. El Estado Islámico se aprovecha de aquello que niega, la libertad de las democracias, para sembrar de muerte nuestras calles e intentar atemorizar a los ciudadanos. Es relativamente fácil arremeter contra una multitud indefensa y casi imposible de evitar que quien no tiene aprecio alguno por la vida, propia o ajena, encuentre el hueco por el que colar un coche. Somos vulnerables, sí. Pero ni estamos acobardados ni nos van a derrotar. Con el dolor de las víctimas en nuestros corazones, pero proseguiremos con nuestras vidas, porque no van a conseguir que dejemos de hacer lo que queremos hacer. Exigiremos que se extremen las medidas de prevención y protección, pero sin equivocarnos de objetivo, porque los únicos responsables son los terroristas. Tiempo habrá de analizar qué ha fallado y cómo se puede mejorar. Y tampoco nos dejaremos arrastrar por la rabia ni la fobia al musulmán, porque los terroristas no tiene religión, aunque maten en su nombre, son solo seres despreciables a los que únicamente les mueve el odio.

Somos vulnerables, sí, pero somos libres y no tenemos miedo, que es aquello que los yihadistas quieren arrebatarnos. Pero no lo lograrán.

Comentarios

Vulnerables