Los jóvenes airados


Tras el ataque islamista de Barcelona y Cambrils algo me hizo recordar al demógrafo de la OTAN. El perfil de los atacantes encajaba con la descripción que este daba de «los jóvenes airados», cuyo número es creciente. A través de un viejo artículo de la New Left Review -o tempora, o mores- descubrí accidentalmente la obra del sociólogo alemán Gunnar Heinsohn. El artículo venía firmado por Göran Therborn, un sociólogo sueco de ortodoxia marxista. El sueco calificaba al alemán de «demógrafo de la OTAN». Para Heinsohn, uno de los mayores riesgos que afronta Occidente es el descontrolado volumen de jóvenes varones musulmanes sin horizonte ni válvula de escape, a diferencia de los occidentales, con menos frustraciones y con mayor oferta de evasión: drogas, sexo y rock and roll. A mi juicio, Heinsohn exagera y, además, yerra en la estrategia.

En ataques como este siempre recuerdo a los británicos de 1939-1945. Por aquel entonces, otros jóvenes airados bombardeaban sus ciudades, y no hubo episodios de histeria ni magnificación, como ahora. A diario eran asesinados, cayendo decenas o cientos de civiles, pero el estoicismo y la resiliencia fueron ejemplares, como ejemplar fue después echar a Churchill tras la victoria. La democracia liberal está por encima de los caudillos, incluso de alguien tan excelso como Winston, émulo del gran Cincinato de la república romana.

Lo que buscan estos jóvenes airados es lo que hace una pequeña piedra en un estanque: magnificar su mensaje y difundir el terror. Buscan que los numerosos cobardes se vuelvan contra quienes les defienden, en vez de ser resilientes e incrementar su determinación contra los bárbaros. Buscan la dinámica acción-reacción-acción y que criminalicemos a todo su pueblo.

No caigamos en esa trampa. Entre ellos la inmensa mayoría de la gente es buena, honesta y decente, comenzando por sus ancianos y sus mujeres, que suelen ser los objetivos de los tarugos occidentales.

Nadie está predeterminado por sus raíces. El propio Heinsohn es la prueba. Hijo de otro joven airado, que fue comandante de un criminal U-boot nazi, se convirtió en especialista sobre la Shoah, y por extensión sobre el genocidio. No saquemos las cosas de quicio y comportémonos como los humildes aunque nobles ciudadanos del East End londinense ante los aún más bárbaros zarpazos de la Luftwaffe y las V-1 y V-2, armas de represalia contra inocentes civiles.

Cuando voy a París, Bruselas o Roma y veo deambular a paracaidistas barbilampiños, también me acuerdo de esos británicos. Me quedé observándolos en la plaza de los Vosgos y ante el Panteón, mudo testigo de las atrocidades de otros jóvenes airados que sí hundieron al decadente Imperio Romano. Pero si Roma cayó fue por su propia degeneración, no por unas harapientas hordas orientales.

Por eso rezo para que, tras el brexit, los británicos vuelvan a ingresar en nuestra Unión. En ella y en nuestros valores ilustrados reside nuestra fuerza, nuestra incomparable maiestas.

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