Lo ideal hubiera sido la detención del autor de la matanza de las Ramblas, porque nunca es deseable una muerte y porque su testimonio habría contribuido a desentrañar los entresijos de los atentados. Pero, al menos, se cierra el círculo infernal que Younes abrió a las cinco de la tarde del jueves y desaparece la amenaza que suponía un peligroso asesino en libertad. Y, por ello, es bueno felicitar a los Mossos, igual que hay que elogiar la heroica intervención del agente que evitó una masacre en Cambrils. Pero también es cierto que a medida que se van conociendo más y más detalles de los preparativos de los atentados, parece evidente que algo ha fallado en la seguridad y, muy especialmente, en la prevención. Sin prejuzgar nada, sí conviene preguntarse si los recelos entre los cuerpos policiales catalanes y los del Estado, muy especialmente entre sus responsables políticos, si las lagunas en la cooperación, que ahora todos niegan en público pero que la mayoría reconocen en privado, ha incidido en una merma de la seguridad ante la amenaza yihadista. La parafernalia con la que el propio Puigdemont dio la noticia de la muerte de Younes, plena de simbología catalana destinada al mundo, puede aceptarse, aunque moleste a muchos. Pero con las vidas humanas no se puede jugar. Ni con el dolor de las víctimas. Y algunos líderes secesionistas alimentan las suspicacias. Cuestionar la presencia del rey, como hace la CUP, o esconderlo con argumentos baratos, como pretenden ERC y Ada Colau, es despreciar a los españoles. Porque el rey los representa igual que la alcaldesa es un símbolo de los barceloneses, y Puigdemont, de los catalanes. Incluso de quienes no los votan. No hay mayor vileza que intentar rentabilizar políticamente el dolor humano.

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