La justificación de las atrocidades


A poco que invoquemos a ese corrillo de agoreros pensadores como Hobbes, Sartre, Shopenhauer…, cuya virtud no fue precisamente la alegría -por ello si están deprimidos no les aconsejo su lectura-, comprobamos cuanta crueldad manifiesta el ser humano, que absurda es la existencia y cuan efímera es la felicidad.

Cito a los anteriores autores porque gracias a las actuaciones de esos infames asesinos que nos arruinaron el verano, muchos articulistas imitan su estilo recreándose o mejor aún, desahogándose en trágicas y profundas reflexiones filosóficas. Y del millón de artículos que pululan estos días no he leído ninguno que trate sobre las causas elementales de esta brutalidad. Eso sí, abundan homilías del tipo: «por qué, por qué, por qué…» y pese a que presumo que la explicación es obvia, -al menos eso me parece a mí- creo que debemos recordar el motivo que empuja a estos individuos a hacer lo que hacen.

Si alguien a quién yo tuviera en gran consideración moral dijera que obrando de determinada forma obtendría una recompensa formidable, y que además esa actuación contaría con el beneplácito de mis iguales, y que no me preocupara por las consecuencias de dichos actos porque, aunque pudieran parecer viles en realidad serían provechosos y, por supuesto, me creyese íntegramente todo el discurso anterior... pues claro que haría lo que fuera, ¿o es que usted no?

Pues si materializamos esta idea tenemos que: a cada yihadista le ofrecen 72 voluptuosas mujeres vírgenes -por cierto, a la mujer musulmana sólo le ofrecen un hombre... y sobre su castidad, nada se sabe-, ríos de leche, manjares sabrosísimos que podrá consumir de forma ilimitada, reconocimiento de sus familiares y amigos y como no, el goce de haberse vengando del infiel occidental. Pues con esta suculenta propuesta tenemos a un soldado listo para inmolarse en cualquier momento. -A esto señores se le llama fe-.

Y es que olvidamos que el móvil principal de estos sujetos es su creencia ciega y contra eso difícilmente podemos hacer nada. ¿Qué le parece si intentamos convencer al cura de nuestra parroquia de que Dios no existe? Absurdo verdad, pues es lo mismo que intentar persuadir a estos personajes. Ahora que entendemos el problema, aunque no lo compartamos, dejemos de perder el tiempo con estos creyentes (si seguimos insistiendo, incluso podremos generar el efecto contrario). ¿Y entonces qué podemos hacer? La solución me temo que es compleja y no la hallaremos en esta generación ni posiblemente en la que venga. Habrá que reflexionar sobre la forma de influir, desde nuestra cultura tan discrepante e incompatible en tantos asuntos, en la humanidad y el respeto. Dirigiendo esta actuación al semillero del radicalismo, es decir a esos jóvenes desarraigados y sin identidad y, sobre todo, a los intelectuales, exégetas o imanes que interpretan desde la óptica más radical las escrituras.

Por otro lado, me resulta curioso que en plena crisis religiosa occidental, sea cuando más beligerantes de manifiestan los yihadistas contra los llamados «infieles cristianos», ¿dónde están esos cristianos? Con lo cual se concluye que la guerra no es tanto entre religiones y sí entre los que no piensan como ellos, de ahí que el fondo del asunto sea sencillamente una cuestión de intolerancia total.

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