Recuperar la tracción transformadora de la socialdemocracia


De todos es sabido que, en los últimos años, los partidos políticos de orientación socialdemócrata han sufrido, en numerosos países europeos, sonoras derrotas y crisis internas, en ocasiones de efectos demoledores sobre fuerzas que, históricamente, habían dispuesto de gran raigambre social y electoral. En algunos países han pasado a ser actores secundarios o intensamente condicionados, como mucho aspirantes a integrar gobiernos de coalición, que no siempre lideran. En otros, el retorno al poder de partidos que han dejado su huella en la acción de gobierno se antoja difícil, aunque se mantenga un cierto suelo y expectativas. Y, en algunos casos (Grecia y Francia, singularmente), se ha pasado directa y dramáticamente del gobierno a la irrelevancia política. Visto en perspectiva, algunos problemas parecen comunes, con distintos grados de intensidad: la institucionalización demasiado marcada de la socialdemocracia, alejada del sentir de la clase trabajadora de hoy en día, cuyos intereses se pretende defender; la excesiva confianza adquirida en las fuerzas del mercado, a las que se aspira -como mucho- a moderar, sin capacidad sustantiva para anticipar ni corregir crisis tan agudas como la vivida desde 2008; cierta resignación con la persistencia de desigualdades económicas, que se presentan como inevitables, consintiendo en conllevarlas en lugar de superarlas; y, sobre todo, la pérdida de referencias y la divergencia entre la acción y el discurso, horadando la confianza en la existencia de alternativas de fondo. El contexto socioeconómico de la Gran Recesión y la precariedad instalada, la suspicacia sobre la función de los poderes públicos y la acción política (que son herramientas de cambio fundamentales de los socialdemócratas) y el entorno de inseguridad y desconcierto ante acontecimientos globales que parecen escapar al control, han hecho el resto para llevar a la máxima debilidad a un movimiento político clave para la conformación y la comprensión de la realidad europea desde finales del siglo XIX. Apelar al importantísimo bagaje que, durante décadas, la socialdemocracia ha aportado en políticas inclusivas e igualitarias, en la dignificación del trabajo, en la cultura de la paz y en la construcción del proyecto europeo, es manifiestamente insuficiente, porque todo ello ha pasado a estar en cuestión de forma muy rápida. Invocar los réditos políticos pasados ni esconde los fracasos del presente ni es suficiente credencial para pedir sucesivamente la confianza a una ciudadanía escéptica y recelosa.

A pesar de todo, se diría que los principios políticos socialdemócratas gozan de una mala salud de hierro, porque su herencia y prestigio es objeto de disputa, hasta el punto de que las fuerzas que han emergido al calor de la crisis han amagado con emplear la etiqueta y han perseguido ocupar su espacio en el tablero. Y, sobre todo, porque los fundamentos teóricos y la praxis política socialdemócrata, a poco que reparemos en ello, parecen más necesarios que nunca, con la adecuada renovación y con el amargo aprendizaje que han traído las convulsiones de la última década. El gobierno efectivo de la economía, la revalorización del trabajo, la humanización de las relaciones laborales, el control de los flujos de capital, la lucha contra la economía de casino y la regresión fiscal, la reconstitución del pacto social para conjurar su colapso, la cooperación internacional, la integración europea hacia el federalismo, el impulso al sistema democrático, el respeto de los Derechos Humanos o la convivencia en la diversidad, están en la esencia del ideario socialdemócrata y su desarrollo posterior. Y son referencias válidas y útiles que invocar para combatir el darwinismo social y el capitalismo salvaje, frenar la destrucción del medioambiente, batallar contra el repliegue en identidades cerradas y desenmascarar las invocaciones interesadas a los viejos estados nacionales (que, además, se deshacen en la inoperancia al confrontarlas con la realidad globalizada). Los nuevos retos que trae la revolución tecnológica y su incidencia sobre la organización del trabajo y de la sociedad, los avances científicos y los dilemas morales asociados, el auge del autoritarismo, el desorden global y la erosión de los derechos civiles y políticos, todo ello requiere un proceso urgente de reflexión y respuesta que definirá las nuevas corrientes y las alternativas socialdemócratas, si se apuesta por la actualización de su ideario y no por arrumbarlo o por, simplemente, dejar que, exangüe, caduque.

Ante la envergadura de los desafíos, toca, por lo tanto, adaptar el discurso, la organización y la práctica -nada menos- para recuperar la capacidad de cambiar las cosas mediante procesos políticos. Aunque, en los tiempos que corren -involutivos, en muchos aspectos- hay mucho que conservar (porque los propios derechos sociales, los servicios públicos y su concepción universal están en riesgo), el futuro será poco halagüeño si la socialdemocracia no consigue sacudirse la pátina conservadora, redefinirse, revivir una cierta épica del proyecto político -sin ensoñaciones ni espejismos- y presentarse como una opción realista y eficaz de transformación perdurable. Todo ello, manteniendo una vocación mayoritaria y una ejecutoria apegada al terreno de lo posible, pero sin olvidar una función básica que es central en su identidad: dar esperanza fundada de un porvenir decente para la mayoría, en el que la justicia social constituya el cemento de la sociedad a construir.

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