Aquel largo verano de hace 100 años


En este trágico mes de agosto, que ya languidece, se cumplen 100 años de uno de los periodos más turbulentos y a la vez más apasionantes de la historia de España y que marcó, en gran medida, el posterior devenir de nuestro país durante la primera mitad del pasado siglo XX. Mientras toda Europa se desangraba en una contienda que dejaba miles de muertos en los campos de batalla del continente, nuestro país se mantenía en una precaria neutralidad. La situación política y social aquel verano de 1917, no podía ser más inestable. El viejo sistema monárquico de la Restauración agonizaba, con una sucesión de gobiernos frágiles, dependientes en gran medida de la voluntad caprichosa del rey, (acuñándose por aquel entonces el término, «borbonear»). Así, desde el 1 de junio, fecha en que las autodenominadas Juntas de Defensa presentaron su ultimátum, bajo amenaza de sublevación, al gobierno liberal de García Prieto, hasta la huelga general de mediados de agosto, nuestro país vivió un periodo que podemos denominar de prerrevolucionario. El ejército español, heredero de aquel que llevó a cabo numerosos pronunciamientos durante todo el siglo XIX, y organizado a través de  las Juntas de Defensa, burlonamente bautizadas por los medios de entonces como «sindicato único del gremio de la espada», logró, con sus reivindicaciones, esencialmente corporativas, la caída del gobierno de García Prieto, el 9 de junio y su sustitución por el conservador Eduardo Dato, mucho más receptivo a las peticiones castrenses.

Por otro lado, ya dentro del sistema parlamentario, la imposibilidad de convocar las Cortes, cerradas desde diciembre de 1916 por el gobierno Romanones, llevó a Cambó y al resto de los diputados catalanes, a convocar la Asamblea Parlamentaria, ese mes de julio, en Barcelona. Esta asamblea, supuso el último y fallido intento de llevar a cabo, desde dentro del propio sistema, la democratización del régimen monárquico, con el reconocimiento de amplios derechos y libertades, entre las que se encontraba la concesión de una autonomía para Cataluña.

En medio de esta creciente tensión de los meses de junio y julio, las fuerzas de izquierda (socialistas y republicanos) con el, para muchos sorprendente, apoyo de los reformistas de  Melquiades Álvarez, deciden, de forma un tanto precipitada, declarar una «Huelga General Revolucionaria» en el mes de Agosto, con el objetivo de derribar el caduco sistema de alternancia en el poder de los dos partidos dinásticos y su sustitución por un sistema realmente democrático en el que republicanos y socialistas pudieran tener mejor cabida.

Pese a que, en un primer momento, Melquiades Álvarez intentó frenar, o al menos moderar, dicha huelga, una vez convocada, los reformistas se sumaron decididamente a la misma. Y así, aunque teóricamente la dirección de la huelga correspondía a socialistas, republicanos y anarcosindicalistas, se decidió que Pablo Iglesias dirigiera la misma en Madrid y País Vasco, Lerroux en Cataluña y Levante, y que a Melquiades Álvarez le correspondiera la dirección de Asturias y León. Cada uno de ellos estaría asistido por un grupo de apoyo que , en Asturias, estaba compuesto por los socialistas Manuel Llaneza y Teodomiro Menéndez; (curiosamente este último seria el  instigador, años más tarde, de los incidentes acaecidos durante un mitin de Melquiades Álvarez en el Teatro Campoamor de Oviedo, y que llevaron al Partido Reformista a tomar la decisión de no concurrir a las elecciones a Cortes Constituyentes del 28 de junio de 1931, aunque el propio Melquiades fue elegido diputado por Valencia, concurriendo, en esta ocasión, en las listas del  Partido Radical de Lerroux ).

La huelga, iniciada con un manifiesto del Comité de Huelga redactado por Besteiro, tuvo una especial incidencia en Asturias. La dirección de la misma en nuestra comunidad corrió a cargo, como quedó dicho, de Melquiades Álvarez, desde la redacción del órgano de comunicación del partido, el diario gijonés El Noroeste, asistido en dicha labor por anarcosindicalistas como Eleuterio Quintanilla y socialistas como los ya citados Llaneza y Menéndez; (Manuel Llaneza estuvo durante mucho tiempo oculto en la casa del propio Melquiades Álvarez, en Oviedo, en Silla del Rey). Sin embargo, aunque se prolongó durante dos semanas más, la huelga constituyó un rotundo fracaso y fue duramente reprimida por el ejército, con cientos de socialistas y sindicalistas detenidos. Como dato curioso, podemos señalar que, durante la misma, saltó por primera vez a los medios de comunicación, el nombre del comandante Francisco Franco, al frente de una sección del ejército.

La activa participación en los acontecimientos y el decidido protagonismo del propio Álvarez en la dirección de la huelga tuvo una gran repercusión en el seno del Partido Reformista. Así, en los meses siguientes, se produjeron numerosas defecciones de militantes, muchos de ellos miembros de la burguesía asturiana, siendo la más significativa la del diputado provincial y empresario minero Secundino Felgueroso, amigo personal del líder del partido y abuelo materno de la que, más de ochenta años después, llegaría a ser la primera mujer en alcanzar la alcaldía de Gijón, Paz Fernández Felgueroso.

Por otro lado, el fracaso de la huelga ocasionó un cambio en la estrategia y en los medios de actuación política del propio Partido Reformista. Esto, junto con su accidentalismo, lleva a los reformistas a integrarse cada vez más en el régimen, hasta el punto de que Melquiades Álvarez era el Presidente del Congreso, en el momento del golpe de Primo de Rivera; deriva ésta que, a su vez, origina la desafección y el abandono del reformismo de personajes tan significativos como Manuel Azaña, que lanza por aquel entonces su «Apelación a la República» (1924).

 Ya durante el periodo republicano, el Partido Reformista, refundado como Partido Republicano Liberal Demócrata, fue derivando, cada vez más, hacia la derecha del espectro político, alineándose con los radicales de Lerroux, la CEDA de Gil Robles y los agrarios de Martínez de Velasco. Esta identificación de Melquiades Álvarez con los sectores más derechistas del sistema, y que lleva a éste, en su calidad de Decano del Colegio de Abogados de Madrid, a asumir la defensa jurídica de José Antonio Primo de Rivera, fue la que, otro mes de agosto, 19 años más tarde, originó su detención y posterior ejecución, por milicianos anarquistas, en los sótanos de la cárcel Modelo de Madrid, aquella fatídica madrugada del 22 de agosto de 1936.

Es indudable que, en todo este tiempo transcurrido desde entonces, nuestro país ha avanzado mucho, pero a la vista de los recientes acontecimientos, resulta especialmente desalentador comprobar que, (parafraseando al inmortal Carlos Gardel), «cien años no es nada» y, exactamente un siglo después, tampoco nos encontramos en nuestro mejor momento.

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