Tripalium


Jean Jaurès fue un político francés, diputado socialista y fundador del periódico «L'Humanité» que defendió hasta el último de su días el internacionalismo y el pacifismo. Tanto lo hizo que le asesinaron (en medio de un furor nacionalista) apenas tres días antes de que comenzara la I Guerra Mundial. Jaurès había animado a los trabajadores de todas las naciones que se preparaban para la carnicería a que no tomaran las armas y se dieran cuenta de que ninguna de las batallas que fueran a librar sería por su interés. Nadie hizo caso al bueno de Jaurès y su muerte sólo fue el prólogo sombrío de una matanza que se contaría por millones de almas, en un guerra de trincheras que, apenas terminó, sentó las bases para otra nueva, una aún mayor con más millones de muertes y un continente que quedaría arrasado. Que nadie escuchara a Jaurès no quiere decir que no tuviera razón, y sus argumentos siguen siendo totalmente válidos.

Esta semana, en medio de un fragor (no pequeño, ni en absoluto poco importante, por supuesto) de noticias sobre el desarrollo del debate soberanista en Cataluña ha quedado eclipsada la noticia de cómo el Banco de España está reconociendo que el rescate bancario (uno que Rajoy ni siquiera reconoce que haya existido) es un pozo sin fondo y que apenas se podrán recuperar 14.275 de los 54.353 millones de fondos públicos que tuvieron que entregarse para salvar al sector financiero español. De hecho, hasta el momento, sólo han logrado recuperar 3.873 millones, casi nada. Es relevante tener esto en cuenta cada vez que vayamos a hablar de los «subvencionados» en la economía española, quizá nadie supere a los bancos si hablamos de estar sostenido por recursos estatales.

Es también muy relevante tener en cuenta que hace este anuncio un presidente como Luis Linde que en rara ocasión sale a darnos explicaciones sobre a qué se dedica exactamente en su cometido de controlar el funcionamiento de la banca porque más bien lo que solemos escucharle son consejos no solicitados sobre cómo se podría despedir más barato y que no se suban demasiado los salarios. 

Pero el caso es que mientras se prioriza el debate sobre territorios y naciones, mientras ocupan la mayor parte del tiempo de noticieros y tertulias las disquisiciones sobre la identidad, los números del paro todavía son desesperantes, y nos hablan de precariedad, una gran inestabilidad que no permite que las personas puedan planificar su vidas y además con sueldos muy escasos que no dan para cubrir todas la necesidades. 

Salvo en euskera --porque esa lengua es un tesoro que vale más que todos los dólmenes del oeste de Europa-- en todas las lenguas peninsulares se llama a la labor de forma similar. Se dirá traballo, o trabayu, o treball, o se marcará la jota castellana de trabajo o se aspirará muy al sur en una hache que todavía no es muda del todo. Distintos acentos pero que tiene un origen común que se remonta al «tripalium», el instrumento de tortura con el que nuestros antepasados (los que sudaban el pan de cada día) dieron en llamar a este acto de doblar el lomo día tras día. Porque hablen el idioma que hablen o vivan en el territorio en el que vivan, el sudor es el mismo. No deberíamos olvidarlo.

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