El momento del artículo 155


Cada vez que un político con alguna responsabilidad se pone a tiro de periodista se le hace una pregunta inevitable: ¿se debe aplicar a Cataluña el artículo 155 de la Constitución? Las respuestas oscilan entre el sí convencido y la recomendación de que no se haga, pasando por la galaica cautela del depende. Me apresuro a reiterar que, contra una creencia muy extendida, ese artículo no prevé ni la suspensión de la autonomía ni la disolución de instituciones regionales, como las constituciones de Italia, Austria o Argentina. Solo está pensado para casos de incumplimiento de obligaciones legales o actuaciones que atenten gravemente al interés general de España. Y solo contempla «la adopción de las medidas necesarias para obligar a la comunidad al cumplimiento forzoso de sus obligaciones o para la protección del mencionado interés general».

¿Se dan esas circunstancias de incumplimiento de obligaciones legales o atentado al interés general en Cataluña? Evidentemente sí. Por eso tantas voces, algunas muy ilustres, de este diario se pronuncian a favor o creen que el invocado artículo debiera haberse aplicado ya. Yo no estoy tan seguro. El 155 no es un resorte mágico que termine con un problema tan complejo como el catalán. Es el último recurso y un último recurso debe aplicarse con prudencia, cálculo de los tiempos y previsión de efectos en el conflicto planteado. A eso se refiere Rajoy cuando promete la máxima firmeza, «sin renunciar a nada», pero también la máxima proporcionalidad y cautela. La desobediencia de la Generalitat, la llamada a la desobediencia de los alcaldes, las leyes aprobadas en el Parlamento catalán, la preparación clandestina de urnas, censo y papeletas son hechos inquietantes y subversivos. Pero no son todavía lo peor que puede suceder. Puede ocurrir que el presidente se tenga que tragar sus palabras y el día 1 haya votaciones. Puede ocurrir que ese día y siguientes haya serias alteraciones del orden, porque el independentismo está llamando a la movilización popular, que ya sabemos lo que es. Puede ocurrir que los Mossos, aun siendo policía judicial, no sigan los mandatos de los jueces o del Constitucional. Y puede ocurrir, yo qué sé, que comience el mambo, como dice la CUP, y en un rapto de excitación decidan solemne y formalmente romper con España y abrir el proceso constituyente de la república de Puigdemont. Para esa gran verbena está reservada la gran cohetería del 155.

Don Mariano Rajoy no necesita que nadie le aconseje prudencia, porque es su inventor. Tampoco hay cristiano que sepa más de administración de tiempos. Por eso me limito a glosar sus palabras, a adivinar sus intenciones y, sin que sirva de precedente, a darle la razón.

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