La Diada del paroxismo secesionista


Con ocasión de la Diada, una enorme masa de catalanes, movilizada por las instituciones, y motivada por relatos diversos y escasamente razonados, que para la gente se resumen en un difuso impulso de diferenciación y reivindicación, va a llamar la atención sobre la opresión política y económica que asfixia su futuro. Y en esa opresión se basará el intento -que no será necesariamente fallido- de alterar la estructura de un Estado histórico, integrado en la UE. Lo curioso es que esta rebelión contra los pactos territoriales que estabilizaron y pacificaron Europa la está armando una de las comunidades más ricas del Continente, que lidera -con Madrid- la economía española, que centraliza empresas estratégicas -financieras, energéticas y de movilidad- que hemos generado entre todos, y que tiene un nivel de autoorganización y gobierno que le permite plantarle cara al Estado y a todas sus instituciones. Lo que hoy se reivindica no es el derecho de una comunidad a disfrutar de los recursos y libertades de su marco político, sino el derecho unilateral a romper siglos de convivencia para poder disfrutar de su privilegiado anaco sin la monserga de la solidaridad territorial y social. 

Y ese es el problema de España. Una cuestión de naturaleza fulera e irresponsable, alimentada por una élite abusivamente empoderada y por la incomparecencia irresponsable de todos los demás. Por eso nadie vio -hasta que fue tarde- que todos los progresos que España hacía en materia de descentralización, democracia e identidad, se estaban usando, desde la deslealtad más absoluta, para desencadenar el huracán separatista. La España de hoy, se dice, tiene dos graves problemas: el paro y la cuestión catalana. Pero la distinta naturaleza de ambos puede apreciarse en dos hipótesis.

Aunque la mayoría de las fuerzas políticas hiciesen un pacto para resolver el paro, este problema seguiría existiendo mucho tiempo, porque es reflejo de problemas estructurales, porque competimos en una economía abierta, porque no disponemos de autonomía sistémica para modificar el modelo económico, y porque los intereses sociales y empresariales, que se manifiestan en millones de actores políticos, no coinciden en absoluto en los diagnósticos ni en las soluciones.

Pero si el mismo pacto se hiciese sobre Cataluña, aunque los independentistas se situasen al margen, la dinámica secesionista quedaría frenada ipso facto, y el conflicto catalán empezaría a disolverse en la normalidad. Porque, mientras el problema del paro es sustantivo, diferido y complejo, el de Cataluña solo es un relato, que, por más eficaz que haya resultado hasta hoy, no pasa de ser un relato.

Por eso es tan fastidioso para la convivencia política: porque al ser esencialmente voluntarista, solo se puede resolver con el único remedio que no tenemos: la real voluntad de resolverlo.

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