Necesidad y bandera del cambio


Leo con detenimiento la ponencia del 32º Congreso de la Federación Socialista Asturiana y encuentro, como mensaje transversal, una expresión de orgullo por el trabajo realizado en el periodo histórico reciente, desde la construcción del autogobierno en Asturias hasta la preservación de los espacios y valores naturales de esta tierra, pasando por la transformación del modelo productivo tras las duras reconversiones de los años 80 y 90 (con todos los sectores estratégicos en crisis simultánea) y el despliegue de una red de servicios públicos de calidad, como forma de reequilibrio territorial e integración social. Posiblemente hay muchos motivos para la satisfacción y la hoja de servicios es netamente favorable, no en vano el electorado ha confiado reiteradamente a los socialistas la mayoría parlamentaria y el liderazgo del Gobierno autonómico, con dos excepciones fuertemente ligadas al desgaste del PSOE a nivel estatal (las elecciones de 1995 y 2011), saldadas ambas experiencias de gobiernos de la derecha con sonoros fracasos. Y, evidentemente, debe esperarse de cualquier fuerza política de gobierno que subraye sus aciertos y exhiba aprecio por lo realizado, pues lo contrario equivaldría a una renuncia al bagaje adquirido que nadie entendería, emitiendo una señal incoherente y equívoca al electorado. Respaldo a lo obtenido que, por otra parte, no debería estar reñido con la disposición a analizar los problemas subsistentes y advertir los errores cometidos.

El momento político actual, sin embargo, es singular por muchos motivos, en un entorno de incertidumbre y final de ciclo. Efectivamente, concluye una etapa que ha venido marcada por la respuesta --en el ámbito limitado de las competencias autonómicas-- a los efectos de la Gran Recesión, que ha convertido la gestión de las políticas públicas en una prueba de supervivencia, en un contexto de deterioro de la capacidad de la Administración y de erosión de la confianza de la ciudadanía en todo lo que provenga del poder político. Un periodo de aguante y de apelaciones justificadas a la conservación de los servicios públicos y la cohesión social, en el que muchos problemas de Asturias se han mostrado con gran virulencia, empezando por la debilidad del tejido productivo y por una tasa de actividad (en el segundo trimestre de 2017, pese a la relativa recuperación, sólo es del 51% de la población en edad de trabajar) manifiestamente insuficiente para cualquier previsión de sostenibilidad futura de las políticas de nuestra Administración; peor aun cuando los vientos de la insolidaridad soplan fuertes en la reforma del modelo de financiación autonómica. A la tormenta se ha añadido la inestabilidad derivada de la fragilidad parlamentaria de los gobiernos desde 2011, mitigada solo en parte con algunos pactos presupuestarios sobre la campana, con una Junta General en la que se amontonan inexplicablemente las iniciativas legislativas pendientes de tramitar y cuyo balance en términos de impulso político y producción legislativa es muy modesto. Y, en el caso del PSOE, la crisis interna derivada de la gestión del resultado de las Elecciones Generales de 2016, aún en fase de tortuosa superación por la vía de la confrontación democrática de alternativas, ha dejado algunas heridas que no cicatrizarán rápido y cuyo impacto  --sobre todo en el nivel de base-- no conviene minusvalorar.

En este contexto, extramuros de la ponencia socialista, y sin dejar de reconocer los aspectos más positivos del recorrido histórico reciente, impera una autocrítica fuerte, que desborda la propia división entre distintas candidaturas a la elección de la Secretaría General de la FSA-PSOE que tendrá lugar este próximo domingo (y que, de hecho, impregna los discursos de ambas, aunque con matices). Existe una entendible fatiga entre electores fieles y potenciales a los que se les ha ofrecido conservar lo construido y aguantar el temporal, aferrándose a la ética de la resistencia, indudablemente digna, pero que necesita del impulso transformador y adaptativo que animó la gestión socialista, en situaciones también muy difíciles. Para muchos, además, conservar el estado de cosas no es una opción viable porque la precariedad y la inquietud lo invaden todo, con pocas esperanzas a las que agarrarse. Para despertar nuevas expectativas y recuperar pulsión política, existe una necesidad, que empieza a ser acuciante, de plantear horizontes distintos, en los que el PSOE sea capaz de superar la estrategia meramente defensiva (a la que el escenario de crisis abocaba) y pueda volver a proponer proyectos de envergadura para Asturias en campos como la promoción económica, la ordenación territorial, las infraestructuras, la educación superior y la investigación, el municipalismo o la cultura y la llingua asturiana (con una saludable reapertura del debate sobre la oficialidad), por poner algunos de los asuntos objeto de debate en los últimos meses.

Conservar lo conseguido no es suficiente, aunque nunca deba darse nada por sentado, especialmente cuando todo ha estado en juego en la última crisis, de la que salimos tocados en cohesión social y muy dañados en solidez institucional. El crédito político debe renovarse periódicamente, siendo consecuentes con las invocaciones al cambio y estimulando el deseo colectivo de mejorar las oportunidades de futuro de nuestra Asturias

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