La guerra civil de Assange

César Rodríguez Pérez
César Rodríguez JUEGO DE TRONOS

OPINIÓN

Julian Assange fue un símbolo. El activista australiano logró fama mundial por las filtraciones de Wikileaks. En el 2012, investigado por abusos sexuales en Suecia y ante la posibilidad de ser extraditado a EE.UU., se refugió en la embajada de Ecuador en Londres. Allí sigue recluido. Y desde allí ha visto cómo su aureola de defensor de la transparencia ha menguado con el tiempo y con varias controversias.

«Adoro Wikileaks». La frase la dijo Trump un mes antes de las elecciones que le abrieron las puertas de la Casa Blanca. El magnate y la organización compartían enemigo, Hillary, y un conocido más o menos íntimo, la Rusia de Putin.

Assange se ha colado esta semana en el escenario político estatal a cuenta de la resaca de la convocatoria ilegal del referendo en Cataluña. Lo ha hecho a través de Twitter. Y con poca fortuna. Primero comparó la represión de Tiananmen con la respuesta constitucional al 1-O. Después se batió en duelo dialéctico con Pérez-Reverte. Perdió. Rebautizó a Sancho Panza como Pancho Sánchez y provocó la hilaridad, chistes y memes. Pero no se calló. Busca notoriedad a cuenta del «procés» y se arrogó la maniobra que permitió burlar el cierre de la web del referendo. Luego justificó lo injustificable, lo antidemocrático: urnas sin ley ni garantías y una «guerra civil».