Izquierdistas del ganchete de la oligarquía


Uno de los efectos más notables y jocosos del aburridísimo procés es ver a la supuesta izquierda nacionalista montando una caja de resistencia -como las que se organizaban en los tiempos heroicos para que las familias de los obreros en huelga soportasen las largas jornadas en las que no entraba un duro en sus casas- para pagar a escote (cinco euros por barba, según la tarifa plana instaurada en su día por Lola Flores) las sanciones económicas a Artur Mas y demás señoritos de las acaudaladas élites de derechas del Ensanche barcelonés. Las mismas oligarquías -cosas veredes- que durante décadas han pisoteado los cráneos y los derechos de la Cataluña obrera. 

En el fondo de esta paradoja late una contradicción insalvable: se puede ser de izquierdas, se puede ser nacionalista y se puede ser nacionalista de izquierdas durante un ratito, pero resulta imposible ser de izquierdas y nacionalista todo el tiempo.

Porque siempre llega una encrucijada histórica en la que hay que decantarse por una de las dos opciones. Y curiosamente, en esos momentos, el nacionalista disfrazado de izquierdista siempre se revela como más nacionalista que izquierdista. Sucedió en 1934, como bien recordaba aquí ayer Fernando Ónega, cuando ERC proclamó la independencia de Cataluña, traicionando al Gobierno legítimo de la II República e hiriendo de muerte el proyecto republicano, y sucede ahora de nuevo con ERC bailando un agarrado con la oligarquía de la difunta Convergencia (PDeCat), partido de misa de una y cuenta corriente en Andorra que cuando llega la hora de la verdad vota con el PP la ley de la estiba, por no recordar las carantoñas de Pujol a Aznar en la intimidad. Con ese nacionalismo de derechas y abadía en Montserrat comparte viaje la rupturista y antisistema CUP.

Ver a Oriol Junqueras, Gabriel Rufián y Anna Gabriel del ganchete de Artur Mas, Puigdemont y el clan Pujol resulta casi tan asombroso como escuchar, ayer mismo, al gran icono de la izquierda nacionalista gallega, Xosé Manuel Beiras, llamar a la rebelión de las masas contra el «franquismo sen Franco» en el que vivimos o pedir ayuda a los ciudadanos para plantar cara al mismo «estado de excepción» que Pablo Iglesias denunciaba a través de Twitter.

Por supuesto, ver a Beiras compartir afanes con los dirigentes de la rancia y reaccionaria derecha nacionalista catalana tampoco debería sorprendernos demasiado, pues no hay que olvidar que su marxismo de diseño, con el que ha ido deambulando de partido en partido, no deja de ser un marxismo de pazo con piano. Y los pazos y los pianos no están tan lejos como pudiera creerse de esas oligarquías catalanas con torre en la costa y piso en el Ensanche que dirigen esta supuesta revolución popular.

Porque el nacionalismo no deja de ser un juego de las élites, que son las que proclaman la superioridad moral (cuando no intelectual o directamente racial) de un grupo de elegidos que han nacido en un territorio bendecido por los dioses de la historia. Por eso el nacionalismo, excluyente por naturaleza, resulta incompatible con la izquierda, incluyente e igualitaria por definición. Y, por eso mismo, los Rufián, Gabriel, Villares o Beiras, llegado el momento decisivo, dejan su presunto izquierdismo en el perchero y caminan felices de la mano de los señoritos de la derecha nacionalista de toda la vida.

Y luego aún hay quien se pregunta por qué está en crisis la izquierda.

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