¡Catalanes, no votéis!


Hay que reconocer que los secesionistas y sus compañeros de viaje, encabezados por Ada Colau y Pablo Iglesias, aducen un mantra difícil de combatir: «Queremos votar». A partir de ahí y de medidas tan inútiles como contraproducentes -cerrar webs, incautarse de carteles propagandísticos, entrar en periódicos o prohibir actos-, han montado un discurso falaz. Su conclusión es que España no es una democracia porque no deja votar a «los catalanes» -siempre hablan en nombre de todos- y coarta la libertad de expresión. Se les olvida decir que el Estado ha reaccionado ante una flagrante violación de la Constitución y las leyes. En primer lugar, habría que recordar, aunque sea obvio, que en Cataluña se vota regularmente para elegir a sus representantes, la última vez en el 2015, cuando menos de la mitad de los votantes (47,8 %) se decantaron por opciones secesionistas. En segundo lugar, que votar no es sinónimo de democracia. En las dictaduras, incluida la franquista, se ponen urnas. Votar es una condición sine qua non de la democracia, pero cuando se hace sin las mínimas garantías, como es el caso del referendo ilegal del 1-O -que no cumple las reglas homologadas internacionalmente, carece de censo actualizado y en el que no participan los defensores del no-, se convierte en todo lo contrario, en una imposición antidemocrática de los que dicen representar al pueblo catalán. Y ya se ha visto que no les importa aplastar los derechos de la oposición en el Parlamento catalán ni mentir a sabiendas diciendo que el derecho internacional ampara su referendo de autodeterminación. Ante la farsa del 1-O, la mejor opción es no votar para no legitimar un referendo amañado, planteado como un mero trámite para declarar la independencia sí o sí.

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