Una llamada antes de la catástrofe


En la Navidad de 1914, después de seis meses de guerra sin cuartel, los alemanes y los aliados franco-británicos acordaron una tregua momentánea. Los soldados cantaron juntos algunos villancicos, intercambiaron cigarrillos y disputaron un partido de fútbol sin necesidad de árbitro. Ganó el equipo del káiser por 3-2. Después, regresaron a sus respectivas trincheras y continuaron matándose.

¿Existe alguna posibilidad, aunque sea in extremis, de concertar un alto el fuego en el conflicto catalán? Estoy convencido de que ya es demasiado tarde pero, aun así, también creo que merece la pena explorarlo. Es demasiado tarde porque los independentistas han roto las reglas, actúan como si tuvieran detrás una amplia mayoría social y están encantados con la dinámica acción-reacción que han desencadenado. Lo peor para sus intereses sería que el referendo del 1 de octubre se disolviera como un azucarillo. Lo mejor, que el Estado, en ejercicio de su legítima defensa, se vea obligado a utilizar los instrumentos más drásticos que le facilita la Constitución. Y no me refiero al tan cacareado artículo 155, que por su ambigüedad no significa nada si no lo acompaña el 116, el que regula los estados de alarma, de excepción y de sitio. Si consigue forzar el estado de excepción, el secesionismo crecerá como la espuma: habrá perdido un referendo, pero estará más cerca de ganar la guerra.

Pero veamos el problema desde la trinchera constitucional. «La solución no vendrá de la mano de los tribunales», dijo ayer el socialista Miquel Iceta, un ingenuo que predica «serenidad y calma» mientras silban las balas. Pero tiene razón. Los jueces y la Guardia Civil pueden parar el referendo ilegal e incluso restablecer el orden público, pero no pueden frenar el procés ni solucionar un problema político. Según y cómo, tal vez lo agraven.

El problema, como el dinosaurio de Monterroso, seguirá ahí cuando despertemos en la mañana del 2 de octubre. Preveo para ese días tres escenarios posibles: una declaración unilateral de independencia, una autonomía suspendida y con Rajoy de presidente en funciones de la Generalitat, o una convocatoria de elecciones autonómicas para volver a empezar. En cualquier caso, antes o después, será necesario iniciar la reconstrucción de los puentes, negociar el encaje de Cataluña en España y revisar el mapa autonómico.

Si ese es el horizonte, ¿por qué no empezar ya a dibujar? ¿Qué contraindicaciones tendría una llamada de Rajoy a Puigdemont en los siguientes términos?:

-Señor Puigdemont, le ruego que aplace unos días su referendo para conversar sobre Real Madrid y Barça e intercambiar unos puros. Después, si el encuentro no sirve para alguna cosa más, tiempo tendremos de volver cada uno a su trinchera.

Ya lo dije: Iceta es un ingenuo. Y yo, lo mismo, pero superlativo.

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