¿Pero qué se creían los rebeldes?


La estupefacción de los líderes de la rebelión secesionista ante lo sucedido anteayer en Barcelona -la normal acción del Estado para reponer la legalidad en Cataluña- muestra de forma irrefutable que Puigdemont y su vicepresidente creían a pies juntillas no solo que iban a salirse con la suya, sino, también, que nadie se atrevería a parar el golpe de Estado impulsado desde la Generalitat con el apoyo de los matones de la CUP.

Tal delirio -que las instituciones del Estado iban a permitir, cruzadas de brazos, que los rebeldes montasen un referendo ilegal y proclamasen luego una república catalana- es sin duda fruto del fanatismo nacionalista, pero también, digámoslo con claridad, de la costumbre. Porque, desde hace mucho, las instituciones catalanas se habían acostumbrado (se tratase de la lengua común, el ejercicio de las competencias o los símbolos) a violar las leyes del Estado, incumplir las sentencias judiciales y salirse de rositas. Y, claro, de aquellos polvos, estos lodos.

¿En serio creían los independentistas que podrían en una democracia europea y en pleno siglo XXI reírse de la ley, desobedecer a los jueces, impulsar un referendo ilegal y, tras ese golpe de Estado, tan tranquilos, proclamar la independencia? Todo indica que sí, aunque cualquiera en su sano juicio lo consideraría una locura. Pues bien: desde este miércoles saben los golpistas lo que cualquier español sensato ya conocía: que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible.

Atónitos ante tal evidencia, los sediciosos y el podemismo y la extrema izquierda nacionalista que ha salido en tromba en su defensa, recurren a lo que era previsible: elevar el tono de la mentira a límites de auténtico esperpento. Puigdemont denuncia que el Gobierno aplica un estado de excepción cuando la policía, siguiendo las resoluciones de un poder judicial independiente, cumple con su deber para evitar que triunfe el único estado de excepción que existe en Cataluña: el proclamado por el propio Puigdemont. Junqueras afirma que se ha anulado la autonomía catalana, cuando han sido los rebeldes los que se han cargado de un plumazo el Estatuto. Rufián, haciendo honor a su apellido, exige al presidente del Gobierno que saque «sus sucias manos» de las instituciones catalanas, cuando no hay en ellas más suciedad que la de quienes las han ultrajado, al ponerlas al servicio del delito. E Iglesias, convertido ya en un político patético, se despacha llamando «presos políticos» a quienes están imputados por desobediencia, prevaricación y malversación, él, que lleva años guardando un ominoso silencio sobre los únicos presos políticos que conoce: los que el chavismo ha encarcelado en Venezuela.

Mentiras y más mentiras para intentar encubrir la única verdad: que el Estado de derecho está derrotando a una tropa de fanáticos y frívolos que se habían tomado a pitorreo la democracia y la Constitución que le da amparo para desmembrar un país que ni quieren ni respetan.

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