Los estibadores besan su mano


el 17 de mayo, el Gobierno logró que el Congreso aprobase el decreto de la estiba. La reforma, que en esencia liberalizaba el sector siguiendo las instrucciones de Bruselas, se llevó a cabo con el rechazo total de los trabajadores, que paralizaron la economía nacional con una huelga a las bravas que dejó 150 millones en pérdidas.

El PP sacó adelante la medida con los votos a favor de Ciudadanos y el PNV, pero sobre todo gracias a un pacto de última hora con el PDeCat para que los díscolos diputados secesionistas se abstuviesen. Por primera vez en mucho tiempo, todos los partidos de derechas -nacionales, nacionalistas, separatistas o mediopensionistas- unían sus voces para poner a los estibadores en su sitio y acabar con lo que, según la UE, eran unos privilegios trasnochados.

El parlamentario del PDeCat Ferran Bel, que estos días se desvive por defender el secesionismo, explicó que su abstención era «un mensaje a Europa de garantía de la seguridad jurídica». Sí, el independentismo que en dos siniestras tardes de septiembre pasó por la trituradora de Carme Forcadell la Constitución y el Estatuto hablaba en mayo de «seguridad jurídica». La posverdad en estado puro.

Pero los estibadores no son rencorosos. A pesar de que el nacionalismo catalán fulminó sus derechos laborales, los trabajadores portuarios de Barcelona se han puesto los primeros en la cola para besar la mano de Puigdemont. Se suman a la independencia con un acto revolucionario: no abastecerán los cruceros de la Policía Nacional atracados en los muelles barceloneses. Desde que en 1773 unos tipos de Boston arrojaron por la borda unos fardos de té, no se veía una hazaña semejante en un puerto. Estos héroes y sus grúas estarán entre los padres fundadores de la patria.

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