Los ¿efectos colaterales? del lío catalán


De todos conocida, la expresión efectos colaterales se utiliza en el lenguaje militar para designar, así por lo fino, las consecuencias no buscadas, aunque siempre desgraciadas, de una acción bélica que acaba afectando a la población no combatiente. Un solo ejemplo: antes de desembarcar en Normandía las tropas aliadas, su aviación sometió a duro castigo la retaguardia de las defensas costeras alemanas, lo que produjo, como ¡efecto colateral!, la muerte de miles de civiles. Sí, en efecto: el lenguaje eufemístico como forma tan inicua como hipócrita de describir la realidad.

El lío que han provocado en Cataluña los nacionalistas que, desde el poder, se han rebelado contra nuestro sistema democrático y la Constitución en que se basa ha puesto patas arriba la convivencia política y civil en Cataluña y, aunque en menor medida, en el conjunto del país; ha mandado a hacer puñetas todos los grandes problemas -incluido el económico- de la agenda política española; y podría acabar dando lugar al mayor desastre de nuestra reciente historia democrática si los sediciosos se empeñan en llevar su enloquecida apuesta hasta el final.

Pero, por si todo ello fuera poco, esa locura tendrá también un efecto de una importancia y gravedad extraordinaria para todos: que España se podría quedar sin nuevos presupuestos para el 2018. ¿Por qué? Es sencillo: porque su aprobación, suponiendo el apoyo de Ciudadanos y de los dos diputados canarios que ya votaron a favor de las cuentas del Estado ahora vigentes, depende del sí final del PNV. Y el PNV está hoy desgraciadamente secuestrado por el secesionismo catalán, que se le echará literalmente al pescuezo, acusándolo de golpista y de traidor si, tal y como está la situación, se le ocurre negociar con el Gobierno los presupuestos para el próximo ejercicio.

Así las cosas, solo hay que echar un ojo al endemoniado mapa de partidos que dejaron en el País Vasco las últimas elecciones autonómicas, con EH-Bildu y Podemos subiéndosele a las barbas al PNV, para saber a ciencia cierta que su margen de maniobra es cero negativo, si no se calma de una vez (¡que horas van siendo!) el panorama catalán.

La prórroga presupuestaria, que, forzado por las circunstancias, el ministro Montoro, anunció ayer a media tarde, se añade a todos los desastres que ha traído de la mano la sedición secesionista. Y aunque nada impide que las cuentas públicas se aprueben con solo uno o dos meses de retraso, la imagen de inestabilidad política que la prórroga proyecta sobre nuestra economía es más mala que la quina.

¿Un efecto colateral de la rebelión nacionalista? No tanto como podría parecerlo. Y es que la estrategia demencial de los rebeldes no es otra que la del cuanto peor (para España) mejor (para sus delirios independentistas). De esa tropa, ¡menuda tropa!, depende hoy el futuro de España y el de los españoles.

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