La Constitución de Tócame Roque


La Constitución de 1978, que en los últimos cuarenta años prestó buenos servicios a esta España que «salió mal cocida del horno de la historia» -Borrell dixit-, lleva camino en sus postreros momentos de convertirse en la casa de Tócame Roque. Al igual que las familias de la corrala madrileña, materia prima de sainetes y comedias castizas, cada uno utiliza los recovecos de la ley de leyes como le peta. Como coartada, como garrote o simplemente como papel de usar y tirar de la cisterna.

El próximo domingo la vapuleada carta magna sufrirá dos nuevos atropellos. Del primero, protagonizado por la Generalitat de Cataluña, ya poco resta por decir. Pero del segundo, el propósito expresado por el dúo Rajoy-Montoro de pasarse por el forro el plazo establecido para presentar los Presupuestos, muy poco está dicho. Y yo no sé qué me causa mayor perplejidad: que un presidente y su ministro de Hacienda anuncien urbi et orbi que se disponen a vulnerar la Constitución o que los partidos de la oposición no se lancen a su yugular.

Por si estoy equivocado, o mis delgadas neuronas no alcanzan a interpretar adecuadamente el precepto constitucional, releo varias veces el artículo 134.3: «El Gobierno deberá presentar ante el Congreso de los Diputados los Presupuestos Generales del Estado al menos tres meses antes de la expiración de los del año anterior». Mandato imperativo, orden taxativa para todo Gobierno que no esté en funciones. Lo que nos conduce, como fecha tope de presentación del proyecto, al archifamoso 1-O.

Todos los gobiernos, desde que se instauró la democracia, cumplieron ese mandato. A Felipe González, en 1995, le salió cara su estricta observancia: presentó el proyecto en plazo, se lo tumbaron en el Congreso, convocó elecciones y ganó Aznar. Veintidós años después, Rajoy no quiere caer en la misma trampa y opta por el dudoso honor de ser el primero en violar el artículo 134 de la Constitución.

¿Y por qué lo hace? Simplificando, por interés partidista. El PP no quiere correr riesgos en el Congreso, donde no le sobran amigos, y los votos del PNV no se pondrán en venta hasta que amaine el temporal catalán. Los escrúpulos de los nacionalistas vascos son bien comprensibles: sería plato de mal gusto dedicarse a mercadear con la mejora del concierto y la Y ferroviaria, mientras sus correligionarios catalanes se baten el cobre por la independencia. Habrá, por tanto, que esperar a que los vascos asistan al funeral de Barcelona para que reabran la tienda. Importa un bledo lo que diga la Constitución, Agamenón o su porquero. Aquí la última palabra la tiene Montoro: «Hasta que los apoyos no estén garantizados, no habrá proyecto». Amén.

¿Y por qué tanto silencio cómplice sobre el flagrante incumplimiento? Sospecho que los tesoros que supuestamente esconde el proyecto non nato bien justifican un pequeño retraso. Por un par de líneas torcidas de la Constitución, ¿vamos a poner en riesgo la oferta pública de empleo, la subida salarial de los funcionarios o la rebaja del IRPF pactada con Ciudadanos?

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