Una farsa nacionalista elevada al cubo


Anteayer, en el llamado mitin de cierre de campaña a favor de la consulta (en realidad una concentración de insurrectos que apoyan el referendo convocado por un gobierno que lleva meses actuando fuera de la ley), el cantautor Lluís Llach, hoy secesionista de pro y diputado de Junts pel Sí, volvió a cantar L’estaca. Lo hizo igual que en los últimos años del franquismo, cuando tantos la coreábamos, dentro y fuera de Cataluña, para reivindicar la libertad frente a una interminable e insufrible dictadura.

Ningún de los hechos delirantes vividos en las últimas semanas es, desde luego, tan falaz, pero ninguno representa mejor el fraude inmenso sobre el que se ha construido lo que comenzó siendo una rebelión de las instituciones autonómicas contra las normas en que se basa su poder (la Constitución y el Estatuto) y ha acabado en una insurrección popular en toda regla contra nuestra democracia.

Llach volvió a cantar L’estaca para reivindicar la libertad de un pueblo supuestamente oprimido por España; que sufre, según el nacionalismo, un Estado de excepción; que ha sido, al parecer, invadido por policías extranjeros; y que solo aspira, según los que lo han conducido al actual despeñadero, a votar en libertad para separarse de una vez de un Estado ladrón y represor.

Es imposible encadenar más falsedades. Cataluña es hoy uno de los territorios con más autonomía del planeta; los catalanes votan desde 1977 y lo ha hecho más veces que la práctica totalidad de los restantes electores españoles; en Cataluña no hay más situación de excepción que la impuesta tras el golpe de Estado de la Generalitat, origen del actual acoso, cuando no persecución, a los no nacionalistas, que empiezan a vivir como extranjeros en su tierra; las fuerzas de seguridad se limitan a hacer en Cataluña lo que en cualquier Estado de derecho: garantizar el cumplimiento de las leyes violadas por rebeldes e insurrectos; ningún territorio, como Cataluña ha marcado tanto la política española desde 1977, ni ninguno ha influido más en el sistema de financiación y en los presupuestos del Estado.

Esa es la pura verdad y su burda y constante manipulación durante años por una clase política egoísta, sectaria e irresponsable hasta extremos de delirio es lo que explica que tantas y tan sucias mentiras hayan calado en cientos de miles de personas, convencidas de que su situación es similar a la de los kurdos en Irak o los negros en Sudáfrica bajo el repulsivo régimen racial del apartheid.

Los gestores de uno de los grandes engaños al pueblo que se han vivido en Europa en los últimos cien años han organizado hoy un referendo ilegal para que los catalanes voten… en unos cubos de plástico, lo que acaba por redondear a la perfección el esperpento. Una historia que, de nuevo, y como ya predijo Carlos Marx, empieza como tragedia y se repite como farsa. Una farsa, es verdad, elevada al cubo.

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