Cataluña, años treinta


La descabellada pretensión secesionista de celebrar un referendo ilegal en Cataluña a sabiendas de que el Estado cumpliría con su obligación constitucional y democrática -que no podía ser otra que impedirlo- ha dado, al fin, en lo que resultaba inevitable: un inmenso pucherazo. Todo lo ocurrido ayer en las mesas que se constituyeron en las provincias catalanas pese a una doble prohibición judicial (la del Tribunal Constitucional y el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña) resulta tan vergonzoso y contrario a los usos democráticos más elementales, que discutir sobre la validez de la burla que ayer tuvo lugar en Cataluña constituye una forma más de seguirle al juego a las instituciones de una Generalitat en abierta rebeldía contra la Constitución del Estado en la que se basa su poder.

De hecho, convencidos los gerifaltes de la sedición (empezando por Puigdemont y por Junqueras) y quienes los tienen cogidos por el cuello (todo el extremismo antisistema, empezando por la CUP) de que el referendo iba a dar en lo que ha dado -un fiasco formidable-, el objetivo del 1 de octubre no era ya la votación, sino sacar a miles de personas a la calle para convertir la rebelión institucional en una insurrección popular y dar así verosimilitud a lo que a partir de hoy mismo, para salvar la cara, tratarán de vender todos los nacionalismos periféricos con el apoyo de Podemos y el resto de la izquierda radical: que el Estado aplastó ayer la democracia en Cataluña, impidiendo votar en libertad.

Todos los demócratas sabemos que esa inmensa mentira solo intenta encubrir una terrible realidad: que por primera vez en España desde el restablecimiento en 1978 del sistema constitucional, los poderes públicos de un territorio se han sublevado contra las leyes que deben cumplir y hacer cumplir; y que por primera vez en España desde el restablecimiento en 1978 del sistema constitucional, esa sublevación ha sido secundada por miles de ciudadanos, que han aceptado convertirse en los peones de brega de un golpe de Estado contra la mejor democracia que jamás hemos disfrutado.

Eso será, por desgracia, lo único que quedará a largo plazo de la trágica jornada de ayer en Cataluña: la ruptura brutal de unos hábitos democráticos que creíamos que ya no tenían marcha atrás. Tras la irresponsabilidad de sus autoridades autonómicas y de los miles de catalanes que las han seguido por ciego fanatismo Cataluña dio ayer un salto atrás de ocho décadas y volvió a los años treinta, cuando en nuestro país las sublevaciones institucionales y las insurrecciones populares formaban parte del paisaje cotidiano. Todo el inmenso esfuerzo que los españoles hemos hecho en los cuarenta últimos años por asentar una democracia moderna, basada en el respeto a la ley y la garantía de los derechos de todos, se fue ayer en Cataluña a hacer puñetas como consecuencia de esa mezcla devastadora entre nacionalismo y populismo que dio lugar en Europa a las dos grandes catástrofes históricas de la primera mitad del siglo XX.

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