El desafío es a la Historia


La celebración del referéndum ilegal del 1-O fue mucho más que un desafío al Estado, fue una afrenta contra la propia Historia. No lo sostengo yo, sino el mismísimo Ortega y Gasset, que desde 1922 espió los blandos cimientos del nacionalismo histórico español desde su España Invertebrada. Escritas con fulgor, esas 144 páginas muestran una radiografía del irredento afán de sentirnos algo que no somos, y en las que, casi de manera premonitoria, el ilustre filósofo nacido a las puertas del Parque del Retiro nos sentencia a ser víctimas de los propios mitos que hemos construido a lo largo de los siglos sobre nosotros mismos.

 Las palabras del filósofo son muy duras. Y hoy duelen más. Por eso no sorprende que estén arrumbadas en las estanterías de las bibliotecas universitarias, sirviendo, por el momento, como estandarte de esteladas y mensajes que exhortan a convertir «la cuna del saber» en un macrobotellón. «Casi todas las ideas sobre el pasado nacional que hoy viven alojadas en las cabezas españolas son ineptas y, a menudo, grotescas», publicó Ortega y Gasset hace casi 100 años. Y al respecto, José Álvarez Junco, que realiza un muy atinado análisis sobre la obra del filósofo madrileño en Ser Españoles (RBA Libros, 2013), sostiene: «España, en cambio, desde la época de los visigodos era un país entregado al imperio de las masas»;  en España, la masa «se niega a ser masa», «no está dispuesta a la humilde actitud de escuchar». Esta «rebelión sentimental de las masas» era el defecto de la «raza»; «el odio a los mejores, la escasez de estos» era «la raíz verdadera del gran fracaso hispánico». Y añade que el «particularismo, la insolidaridad, el individualismo congénito, la incapacidad de cooperar, de ser disciplinados», y sobre todo, esa falta de capacidad para someterse a «las normas de un Estado moderno», son elementos desintegradores que hemos acarreado desde nuestro ayer visigodo. No lo escribió por casualidad, y es perceptible más que nunca en la Cataluña de hoy. En la que monta un circo mediático lleno de vacíos legales (porque carece de toda legalidad), y en la que el surrealismo de su censo y control de las pseudournas alcanzó lo estrambótico de la pintura de Dalí. En la que el sentido común está más roto que todos los mosaicos gauidianos que aún embellecen su Ciudad Condal. Y en la Cataluña que hoy llora, otra vez, por la división de sus hijos, sin haber cicatrizado las heridas de su ayer. 

 Pero Álvarez Junco rescata otro punto indispensable de esa España descrita por Ortega y Gasset: el de estar «constitutivamente enferma» de «vicios étnicos». Y a estos últimos los resume en dos: el «plebeyismo» (nutrido de «aristofobia», estar sometida a un «imperio de las masas» y a la «ausencia de los mejores») y el antes mencionado «particularismo» (o «la debilidad de un proyecto unitario de convivencia»). En pocas palabras, una España obsesionada con la lucha de clases, reivindicativa y sectaria. Tanto en Cataluña como en el resto del país, donde las reacciones ante el desafío histórico y de Estado han alcanzado la categoría de lo dantesco.

 Así que, por ridículo que parezca, este conflicto no es nuevo. Tan sólo es un fantasma de tiempos pasados (por decirlo de alguna forma políticamente correcta). Hermanos contra hermanos, primos contra primos, mesas divididas en cenas familiares. Todos haciendo oídos sordos a lo que los economistas advierten sobre la situación, como si hubiesen estado esperando a que cuatro titulares famélicos dijesen que «España está dando por superada la crisis económica», para, ahora sí, permitirse el lujo y placer de todo resentido económico, y soberbio reivindicador, de querer sentirse único y más que los demás. Esto no es nuevo, y hoy, cuando creemos más en la cultura política que en la política cultural, nos es imposible ver, como sociedad, más allá de nuestras narices. Seguimos obsesionados con encontrarnos a nosotros mismos en el Otro, pero no como lo recomendaban Octavio Paz, Jean-Paul Sartre o Ryszard Kapuscinski, sino con ese irredento sentido de reivindicativa autodivisión. Y el precio por seguir echando mano de los fantasmas del pasado para resolver las incógnitas del presente ya lo estamos pagando, independientemente de la manera en la que se resuelva este disparate independentista.

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