O el 155 o el bálsamo de Fierabrás


Si la Generalitat mantiene su decisión de proclamar la independencia de Cataluña en las próximas horas, solo percibo dos salidas del atolladero: o la mano dura que propugna Ciudadanos o la «fórmula Puigdemont» que el poco honorable president nos regaló ayer generosamente. O la aplicación del artículo 155, que algunos equiparan al botón nuclear, o el diálogo con mediación internacional entre Gobierno y Generalitat. Ninguna de las dos recetas me satisface -la primera aún menos que la segunda-, pero si yo puedo abstenerme e incluso criticar ambas opciones, al Gobierno no le queda más remedio que elegir una de ellas. Le va en el sueldo.

El artículo 155 de la Constitución, que muchos blanden como espada amenazante sin haber sopesado el texto, permite al Gobierno «adoptar las medidas necesarias» para meter en vereda a una comunidad autónoma rebelde. Con semejante ambigüedad, ni siquiera los juristas son capaces de determinar la potencia del artefacto ni sus consecuencias. Les sucede como al piloto del Enola Gay, que ignoraba el poder destructivo de la bomba que transportaba en la panza del avión hasta que contempló, espantado, sus efectos en Hiroshima.

Albert Rivera abogó ayer mismo por activar el artículo 155 para suspender la autonomía catalana y convocar elecciones autonómicas. Patxi López le reprochó que confundiese el precepto legal con el bálsamo de Fierabrás, la poción mágica que cura todas las dolencias. Las dudas del socialista están fundamentadas. El artículo 155 no funciona si no lo acompaña el 116, el que permite declarar, con la aquiescencia del Congreso, los estados de alarma, de excepción y de sitio. Y estas sí son palabras mayores. Si Mariano Rajoy montó la que montó el domingo con unos cuantos millares de policías y guardias civiles, ¿qué no haría en un estado de excepción, con la Generalitat tomada, la autonomía suspendida, los derechos constitucionales recortados y las fuerzas del orden ocupando calles y plazas?

Mejor fijémonos en el bálsamo que ayer puso a la venta Puigdemont, por más que el personaje no sea de fiar y el prospecto de la pócima sea apócrifo. «Este momento pide mediación», dijo. Y propuso un diálogo entre la Generalitat y el Gobierno -«Catalunya y España», dijo él-, apadrinado por la Unión Europea. Tal vez el dirigente separatista presiente que su recorrido concluye en unos días y abre una espita para salvar el pellejo. Pero el Gobierno, una vez colocado el Estado al pie del abismo, no puede hacer oídos sordos a la propuesta. Aunque sea un clavo ardiendo. Tanto los socios europeos como el líder del PSOE le exigen a Rajoy que abra una negociación. «La violencia nunca puede ser un instrumento en política», le recordó ayer la Comisión Europea. Ya sé que al presidente le produce urticaria sentarse a la mesa con Puigdemont, pero resulta que es el presidente de la Generalitat hasta que los jueces o las urnas digan lo contrario. Tampoco a otros nos gusta vernos representados por Mariano Rajoy, pero aún es nuestro presidente. ¡Qué le vamos hacer!

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