Piqué, ni un minuto más con España


Piqué llora. Por la selección, por Cataluña, por la democracia. El central apareció el domingo como una víctima del aplastamiento que desde España se está haciendo a los catalanes. Y se emocionó. Las lágrimas cayeron de sus ojos azules y recorrieron su cara bonita, la misma que le valió para conquistar a Shakira y volver locas a muchas jovencitas. Guardiola decía que jamás había visto un hombre con tanto éxito con las mujeres como él. Porque la vida le ha sonreído a este futbolista. Ha ganado mucho dinero, ha logrado un enorme reconocimiento en su profesión y ha triunfado en el amor. De propina, ahora se ha convertido en un icono de la insurrección popular que asola Cataluña en estos días. Alguien que sufre por su pueblo hasta la lágrima.

No pudo más. Explotó. Y, compungido, dijo que si no le quieren y tiene que dar un paso al lado, pues que lo dará y dejará la selección. Eso sí, antes puso verde al presidente de España, a los cuerpos de seguridad enviados a Cataluña y aplaudió la votación ilegal, como si el pequeño matiz entre lo legal y lo ilegal fuera una minucia. Siempre ha dicho lo que le ha dado la gana y cuando le ha dado la gana.

Gerard Piqué es en realidad como otros futbolistas, un niño malcriado al que nos quieren hacer pasar por un gran intelectual, un líder de opinión o un superempresario. Hasta se da por hecho que algún día presidirá el Barcelona. Pero hace ya tiempo que se ha convertido en un elemento distorsionador del buen ambiente de la selección. Y no tanto porque tenga criterio propio y una posición con respecto a Cataluña, sino porque siempre ha antepuesto su sinceridad, su locuacidad, su catalanismo, su sentido del humor, su yo, en definitiva, al nosotros y al respeto que significa formar parte de un grupo que representa a un país.

«Piqué se ha roto la cara por la selección», dice Lopetegui. Y ciertamente, ha jugado bien. Como millones de personas se parten la cara en su trabajo y lo hacen bien. Piqué no quiere entender que él no es una víctima. Que cada vez son más los españoles que están hartos de que se permita una y otra vez cuestionar su país. Él solo habla de su libro, de su libertad, de su pueblo y los derechos de su pueblo catalán, de que España debería tender puentes y no derribarlos. Pero él, una y otra vez, derriba los puentes porque cae justo en aquello de que acusa a España. Ofende a menudo. Porque, como el niño malcriado, se cree que puede tirar bombas fétidas en un avión, echarle pipas a un empleado en su cabeza o escupir a un directivo.

No puede jugar más con España. Porque además de los catalanes están el resto de españoles. Y están hartos. Y ya que él no renuncia a una selección en la que no cree, habría que echarlo. Así tendrá más tiempo para votar cuando quiera. Pero seguir jugando con la selección es una falta de honestidad. Y una falta de respeto a los aficionados que sí sienten algo por la camiseta roja y el himno que suena antes de cada partido.

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