Los constructores de la destrucción de España


Ninguna democracia logra subsistir si quienes deben protegerla se levantan contra ella mientras otros, para medrar políticamente, aprovechan la inicua acción de los rebeldes. Así aconteció con las repúblicas democráticas europeas proclamadas durante el período de entreguerras (en Austria y Alemania en 1918 o en España en 1931) que perecieron en el maremagno del fuego cruzado entre quienes, desde posiciones extremas de izquierdas o derechas, acabaron favoreciendo el triunfo de los totalitarismos. 

La locura secesionista que ha hundido a Cataluña culminó el domingo en el desastre cuando fraguó en una revuelta popular la llamada a la insurrección alentada y financiada por las instituciones de la Generalitat. Y cuando, siguiendo las ordenes del Gobierno rebelde, una fuerza armada del Estado -los Mossos d’Esquadra- traicionó su deber de cumplir y hacer cumplir leyes y sentencias y violó la taxativa orden judicial de impedir la celebración de una consulta inconstitucional.

Fue, de hecho, la alevosa y contumaz desobediencia de los mossos la que dejó a la Guardia Civil y a la Policía Nacional a los pies de los caballos y permitió montar a los rebeldes y a quienes desde otros nacionalismos y la extrema izquierda los apoyan ese relato de exageraciones y mentiras (800 supuestos heridos de los que ¡solo dos! han sido hospitalizados) con el que se pretende acabar con el Gobierno para asegurar así el triunfo, ya sin oposición, de una disparatada república catalana independiente.

Que a ello hayan jugado la extrema izquierda nacionalista y no nacionalista (con los cráneos previlegiados de Iglesias y Colau a la cabeza) era de esperar, pues tal es su estrategia: hacer tierra quemada para alcanzar al poder sobre las cenizas de una democracia que desprecian, pese a ser la mejor que jamás hemos tenido. Pero que, desde la misma noche del 1 de octubre, Sánchez e Iceta, Iceta y Sánchez, pese a la extrema gravedad de la situación del país, se hayan puesto de perfil, considerando tan responsables de su crisis a quienes la han provocado, atacando nuestro sistema constitucional como nunca antes de 1977, y a quienes lo defienden, es una ignominia que un partido tan importante como el PSOE no debería tolerar a dos dirigentes que jamás piensan en los intereses generales sino solo en sus ambiciones personales.

Que Sánchez se haya parapetado tras una llamada al diálogo para eludir su responsabilidad como líder del segundo partido del país, cuando el secesionismo prepara una declaración unilateral de independencia, constituiría una ingenuidad sino fuera, como es, una vileza: una estrategia para favorecer la caída del Gobierno mientras trata de mantener los puentes con Podemos y los nacionalistas cuyo apoyo necesita para llegar a la Moncloa. Pero que se ande con ojo Pedro Sánchez: porque, si Puigdemont proclama la república catalana, muchos votantes socialistas no pagarán a aquellos que en su día tampoco pagó Roma.

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