El presidente catalán y la puerta abierta


Una banda de facinerosos asaltan el banco que regentaban y toman como rehenes a los clientes. Para liberarlos, exigen el botín de la independencia y un avión para irse de rositas. De no ser aceptadas sus condiciones, a todas luces fuera de la ley, el próximo lunes comenzarán a liquidar a los cautivos, lo que supone un punto sin retorno. Fuera, cercando el edificio, las fuerzas del Estado debaten sobre qué hacer. Los pirómanos -los Rivera, los Alfonso Guerra...- abogan por aplastar la rebelión a sangre y fuego: con un arma nunca probada que llaman 155 o con el Ejército si es preciso. Alegan que no se puede negociar con golpistas. Los bomberos -los Iglesias, los Sánchez, los Iceta...- quieren agotar hasta el último suspiro la posibilidad de establecer contacto con los asaltantes. Con el fin de disuadirlos, pero sin descartar alguna concesión democráticamente asumible. El jefe del dispositivo, Mariano Rajoy, quizá escarmentado por su lamentable gestión del 1-O, duda entre sumarse al ardor guerrero de los unos o el afán contemporizador de los otros.

Y en esto aparece en pantalla el jefe de los insurrectos. De pie y en solitario, imagen perfectamente cuidada, flanqueado por la señera y, sobre todo, con la puerta abierta a sus espaldas: he ahí mi talante abierto al diálogo, mi voluntad negociadora. Viene a darle la réplica al Rey de España. De jefe de Estado a jefe de Estado. Frente al mensaje de dureza de Felipe VI, mensaje de concordia del presidente republicano en ciernes. Ni siquiera se cebó en el monarca: «Decepcionó a mucha gente en Cataluña», pero lo hizo porque dijo el discurso de Rajoy. Más de un español, estoy seguro, asintió a esa afirmación.

Puigdemont sigue, impertérrito, su hoja de ruta. Falsea la realidad -el camino «marcado por la voluntad de los catalanes»-, pero lo hace en voz baja. Y sigue ganando batallas. El pasado domingo por partida doble: hubo votación y hubo represión. Anoche se llevó de calle el triunfo con su puesta en escena y su discurso. Hay que cerrar los ojos, y rememorar lo que hemos vivido, para descubrir, bajo el disfraz de demócrata, al violador de leyes, chantajista del Estado y autor de la enorme fractura social que vive Cataluña.

Y aun así, tenemos que rescatar a los rehenes. Bienvenida sea la mediación de los arzobispos de Barcelona y Madrid, y mejor aún si el trajín que se traen está inspirado por el papa Francisco. Ojalá sirva para congelar la declaración unilateral de independencia y rebajar la insoportable tensión en las calles de Cataluña. Y para detener los tanques de último recurso a los que alude Guerra, porque en una cosa sí coincido con Puigdemont: el conflicto debe encarrilarse desde la política y no desde la policía. Si Rajoy y él nos dejan.

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