Cataluña, víctima de «enajenacionalismo»


Si nadie se lo impide, Puigdemont proclamará el lunes una república catalana independiente. Así, tan pancho. Con la calma con la que un incendiario provoca un desastre apocalíptico, el pirómano que preside la Generalitat piensa arrasar de un plumazo antidemocrático, delictivo y reaccionario cientos de años de historia y convivencia entre Cataluña y el resto del país.

Y todo a partir de un discurso separatista situado «a mil leguas de un movimiento democrático, culturalmente abierto y europeo» que repite «como un mantra todos los clichés del nacionalismo más obtuso, teñido de racismo, desprecio de clase y supremacismo cultural». Los entrecomillados son del diario de izquierdas francés Liberation (L’avenir de l’Europe se joue [à nouveau] en Catalogne), al que también los separatistas tacharán ahora de fascista, igual que a todo el que osa llevarles la contraria.

¿Cómo explicar que tanta gente haya llegado a creer que nuestra democracia permitiría una locura -esa declaración unilateral de independencia- que no toleraría ningún Estado del planeta? Cabe entender, a duras penas, que el dislate haya calado en sectores de una juventud manipulada desde hace mucho por el nacionalismo en escuelas e institutos. E incluso que haga mella entre quienes carecen de la más elemental información para distinguir lo posible y lo imposible.

Pero que cientos de miles de catalanes hechos y derechos estén hoy persuadidos de que, declarada por Puigdemont la independencia, el Estado no reaccionará para impedirlo con todos los medios que la Constitución y las leyes ponen a su alcance solo puede ser fruto de esa enajenación mental con la que el nacionalismo ha nublado el juicio político a personas que, en otras esferas, se comportan con toda sensatez.

Al no existir en castellano un vocablo que designe con precisión el fenómeno que ha convertido en un infierno la vida política y social de Cataluña, me atrevo modestamente a proponérselo a la RAE: «Enajenacionalismo. m. Dícese de la enajenación social provocada por el nacionalismo».

Ha sido su generalización la que ha generado la peor crisis vivida en España desde 1977. Revertirla no será posible con ninguna de esas disparatadas mediaciones que algunos se sacan ahora de la manga para que el Estado negocie con los rebeldes que han puesto a España al borde del abismo. No. Lo inmediato es restaurar la legalidad tras la sedición y, si llega a producirse, tras la secesión de Cataluña. Después el Estado deberá rescatar las competencias necesarias para solucionar el actual problema catalán, que no es hoy otro que el creado por la élite separatista que, valiéndose de poderosos instrumentos (el control de la radio y televisión públicas, ¡el periódico de un Conde! y la educación, de forma destacada) ha conseguido que sus delirios sean compartidos por cientos de miles de personas, víctimas de enajenacionalismo.

Revertir esta crisis no será posible con ninguna de estas disparatadas mediaciones que algunos se sacan de la manga

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