La casa de tócame Roque


Un artículo publicado en estas páginas, donde se dice que la Constitución de 1978 «lleva camino en sus postreros momentos de convertirse en la casa de Tócame Roque», nos pone ante el problema de cómo escribir la locución adjetiva de tócame Roque. Una casa que es o parece la de tócame Roque es aquella donde cada uno hace lo que le parece, sin respeto hacia los demás. De tócame Roque se aplica hoy con ese sentido a otras cosas.

Ese escenario prototípico de líos y caos existió. Era la última finca de la calle del Barquillo, esquina con la de Belén, en los confines del Madrid del siglo XVIII. El edificio fue demolido en 1850. Se trataba de una casa de vecindad, de aquellas de muchas viviendas minúsculas con acceso a patios y corredores. Allí vivían dos hermanos, Juan y Roque, que discutían continuamente, parece que por una herencia en disputa a causa de un testamento confuso: «Tócame a mí, Juan», decía uno. «No, tócame, Roque», respondía el otro. Algunas fuentes apuntan que el objeto de las diferencias era el propio edificio. Tan popular se hizo el conflicto que el inmueble acabó siendo conocido por los madrileños como la casa de tócame Roque.

Don Ramón de la Cruz, que retrató el casticismo madrileño en sainetes y entremeses, situó varias de estas obras en esas casas ómnibus, como las llamó Mesonero Romanos. Tuvo singular éxito la que tituló La Petra y la Juana, o el buen casero, que se hizo famosa como La casa de Tócame Roque. Con ese título se anunciaban en la prensa las representaciones. Otros literatos usaron profusamente la expresión casa de Tócame Roque. Benito Pérez Galdós escribe en Napoleón en Chamartín (1874): «La casa [...] era de esas que pueden llamarse mapa universal del género humano por ser un edificio compuesto de corredores, donde tenían su puerta numerada multitud de habitaciones pequeñas, para familias pobres. A esto llamaban casas de Tócame Roque, no sé por qué».

Pues bien, la mayoría de las plumas ilustres que han utilizado el nombre casa de tócame Roque han escrito tócame con mayúscula, quizá por entender que Tócame Roque es el nombre popular de un edificio. Así lo han hecho la Pardo Bazán, Pérez Galdós, Mesonero Romanos, Pereda o Serafín Álvarez Quintero. Sin embargo, esa mayúscula la rechazan hoy los diccionarios, desde el de la Academia y el María Moliner hasta el de Seco y el Clave.

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