Aferrados a la posverdad


El independentismo ha construido desde hace muchos años un relato falsificado, lleno de mitos y reinterpretado a su medida. Lo sucedido el 1-O pretende ser la culminación de esa mitología. Los secesionistas quieren convertirlo en un nuevo 1714, aquel último episodio de una guerra dinástica internacional, presentada falsamente como un enfrentamiento entre Cataluña y España. En su nueva modalidad, España serían los policías y guardias civiles que aporrearon al «pueblo catalán» en una «represión sin precedentes». La realidad es que hubo excesos policiales que se están investigando judicialmente, como corresponde a un Estado de derecho. El 1-O fue la apoteosis de las fake news, los hechos alternativos y la posverdad. El objetivo era tapar con los porrazos de verdad y los de mentira el sinsentido de un referendo que en realidad fue un pucherazo en toda regla. La mujer que sostuvo que le habían roto los dedos de una mano uno a uno es la quintaesencia de esa gran tergiversación, convenientemente planificada. No pretendo faltar al respeto a los heridos auténticos e incluso siento admiración por las personas que de buena fe se la jugaron por ir a votar y se convirtieron en escudos humanos. Sino denunciar la falsificación del discurso secesionista, llevada a cabo por una especie de orwelliano Ministerio de la Verdad que maneja la agitación y la propaganda. Transcurrida una semana del 1-O, la realidad está pasando por encima de Puigdemont y los suyos. Aunque estos iluminados siguen aferrados a la posverdad, como Junqueras, que niega que las empresas se están yendo de Cataluña porque se van a los imaginarios Países Catalanes. Igual que repiten que una Cataluña independiente estaría en la UE y sería reconocida internacionalmente. Contra toda evidencia.

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