Cómo frenar un caballo desbocado


No sé qué dirá ni qué hará esta tarde Puigdemont. Dudo incluso que pueda, aunque quiera, frenar la rebelión que encabezó. No solo porque, después de saltarse las leyes de España, tendría ahora que violar su ley de transitoriedad, la primera de la república catalana. Un revolucionario fracasa o triunfa: o mártir o héroe. Pero si en el momento de asaltar el palacio de invierno te entran las dudas, reniegas de tu propia fe y ordenas la retirada, te conviertes en un apestado en ambos bandos. Un guiñapo. Lo más probable es que los purasangre -la CUP, ERC- te declaren traidor y te recluyan en un lazareto mientras ellos completan el procés.

No sé qué dirá Puigdemont esta tarde, pero sí percibo que el conflicto catalán ha entrado en vías de arreglo o, cuando menos, en una nueva fase. Y no por obra y gracia del inmovilismo de Rajoy, quien solo abandona su indolencia -como el 1-O- para echar sal en la herida. Ni por el efecto disuasorio de quienes reclaman, desde hace semanas, mano dura y 155. Ni tampoco por la apelación al diálogo y la mediación, un sonsonete que se devalúa a pasos agigantados según transcurre el tiempo. No. El cambio lo han propiciado dos factores simultáneos, ajenos a la política de partidos: la desaparición de la mayoría silenciosa y la irrupción de la economía. El lobo de la economía asomó sus fauces, la otra Cataluña salió a la calle y el escenario mudó.

Una dirigente independentista negó en su día, en TVE, que existiera fractura en Cataluña. Nosotros, vino a decir, estábamos en la Diada y los demás catalanes vivían la fiesta en la playa o la montaña. Ayer, Gabriel Rufián reafirmó la tesis: «La famosa mayoría silenciosa catalana ni es mayoría, ni es silenciosa, ni es catalana». Ambos tenían razón. En términos políticos no existen mayorías ni minorías silenciosas. El que calla, otorga. El mudo, el que permanece en silencio mientras los demás hablan o vociferan, asiente. Y así fue cómo la república catalana estuvo en un tris de ser proclamada por silencio administrativo. Hasta el pasado domingo, cuando media Cataluña despertó, rompió el monopolio nacionalista de la calle, evidenció que fractura haber hayla y, eso sí, le dio la razón a Rufián: en Cataluña ya no hay mayorías ni minorías silenciosas. Hay, desgraciadamente, un pueblo partido en dos mitades, pero ninguna de ellas muda.

También despertaron, sobresaltadas ante la proximidad del agujero negro, las empresas catalanas. Tarde, como les recordó Josep Borrell el domingo: «¿No lo podíais haber dicho antes?». Borrell, cabeza privilegiada de la izquierda y lo más parecido a un estadista de cuanto hemos visto en este caos político, conoce de sobra la respuesta a la pregunta. Sabe que a la burguesía catalana, tradicionalmente representada por el nacionalismo, siempre le fue bien en el tira y afloja con el Estado. Cada vez que tensó la cuerda obtuvo réditos, pero esta vez clavó demasiado las espuelas, el caballo de Puigdemont se desbocó y ahora, al borde del precipicio, hay que frenarlo. O irse con sus empresas a parajes más tranquilizadores.

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