Política y cercanía


Vivimos en la ficción de que desde un ordenador conectado a internet o tuiteando con el teléfono inteligente se puede hacer cualquier política transformadora de la realidad social, de espaldas a otros mundos. De hecho, algunas personas que se consideran activistas o ciudadanos comprometidos es el único campo que pisan. Paradójicamente, se renueva también la vieja creencia -un poco conspiranoica- de que el origen de las grandes corrientes de influencia y de las decisiones que condicionan nuestra vida provienen de grupos reducidos de personas, que acumulan resortes de dominación no transparente, mientras el teatro del poder público sigue con una representación que pierde público y contenido. Todo se desarrolla entre sujetos de rostro esquivo o a los que apenas se les pone nombre, ya sean éstos quienes aparentemente detentan, por la vía del poder económico, más facultades en detrimento de los poderes democráticos; ya sean quienes entienden que pueden encauzar su inquietud política sólo delante de una pantalla (bajo un poster de Guy Fawkes, si nos ponemos a caricaturizar).

El modo de participar, de informarse, de generar un estado de opinión o de presionar en favor de una causa o -mucho más común- contra algo y contra alguien, ha cambiado enormemente, como es sabido. Y, junto con las ventajas de la comunicación masiva y rápida, vienen los riesgos, ya conocidos y sufridos, de la intoxicación, el dominio del impulso, el imperio de la inmediatez y la reducción de todo al entretenimiento político. En este contexto, sin embargo, conectar con la realidad tangible de la política, sus ritos -desacralizados pero solemnes- y, sobre todo, los espacios de reflexión y elaboración de propuestas, alejados del ruido de las redes y apegados al terreno, se vuelve más necesario que nunca.

Merece la pena recuperar el valor de la cercanía en política, pero no para establecer un vínculo exclusivamente emocional, falsamente próximo y artificialmente sentimental, alimentando la carga primaria que alienta la espiral de manipulación y pesa sobre el debate público. La cercanía es vital, por el contrario, para aproximarse limpia y sinceramente a la realidad cotidiana del centro de trabajo y del hogar del jubilado, de la calle y del parque, del centro de salud y de la escuela, de la parada del autobús y de la plaza pública. Cercanía para sentarse con los discrepantes, escuchar y ser escuchado mirándose a la cara, debatir sobre propuestas, elaborarlas con juicio y reescribirlas, encauzarlas a través de los instrumentos de participación y los órganos de representación de los que disponemos, o los que construyamos si apreciamos que nos faltan. Cercanía para comprender las razones del otro, para interpretar la frustración y el miedo que sigue poblando el ambiente y para hacer entender que nada es gratis, que el esfuerzo de todos es necesario y que los servicios públicos, la cohesión social y el espacio público compartido no es un regalo imperecedero sino una construcción colectiva de generaciones, más frágil de lo que parece.

La vida pública municipal y los actores políticos locales son esenciales para recuperar una política en la que a la acción se sume la reflexión y la cercanía. Para establecer esa conexión que sólo la atención directa y el diálogo constructivo consiguen. Y servir de espacio para juntarse y hablar, algo que definió el espíritu democrático en nuestro país, en la recuperación de las libertades, y que hemos ido sustituyendo por otras prácticas menos enriquecedoras, ya sea el monólogo desde la tribuna o la logomaquia efectista de las redes. Evidentemente, nadie en su sano juicio se desprendería del poder de las tecnologías de la comunicación para realizar su acción política, en todas las esferas. Pero es desde el ámbito local donde se puede asegurar que el aspecto humano y próximo continúe prevaleciendo, dignificando la vida política y materializando día a día el ejercicio de la ciudadanía activa. Recordemos que los partidos políticos, según nuestra Constitución, son instrumento fundamental para la participación política; y, en ésta, también hay calidades a distinguir. Cualquier democracia exclusivamente cibernética o sustancialmente alejada de una sede local y del acto primigenio y socializador de encontrarse, debatir y decidir será de baja calidad por definición, no lo olvidemos.

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