«Cataluña soy yo»


Puigdemont ha querido emular a los monarcas absolutistas del antiguo régimen, perfectamente reflejados en la frase atribuida a Luis XIV: «L’État c’est moi». Así interpreto el meollo de su discurso: «Cataluña soy yo». Yo soy quien decido si finalmente se consuma la independencia. No la Constitución ni el pueblo español. No el pueblo catalán. Ni siquiera los secesionistas que ganaron «un referendo bajo una lluvia de porras». Yo.

Reparen en la exposición de este Rey Sol republicano. Primero validó el referendo del 1-O y proclamó los resultados que dieron la victoria al . Saltándose la propia ley que fabricó a su medida, suplantó a la Sindicatura Electoral de Catalunya. Lo hizo por una razón de peso, ya que la Sindicatura desapareció y solo existe en el papel: la disolvió él mismo para evitar que cada uno de sus cinco miembros pagasen una multa de 12.000 euros diarios a la que fueron condenados.

A continuación, tras bendecir el referendo vinculante que nadie se toma en serio, procedió a declarar formalmente la independencia. Activó la bomba de relojería y las masas del exterior del Parlament prorrumpieron en vítores y aplausos. Nacía la república catalana: solo restaba la solemne aparición del nuevo jefe de Estado en el balcón de la Generalitat para recibir las aclamaciones de la muchedumbre. Pero el entusiasmo apenas duró unos segundos y se congeló.

Soraya Sáenz de Santamaría ni siquiera pudo llegar al BOE con las medidas represivas, porque, mientras corría por los pasillos de la Moncloa, el presidente republicano accionó el temporizador de la bomba y aplazó sine die la explosión. Para disgusto de la CUP, que a las seis de la tarde ya preparaba la fiesta rachada. Con un par, sin encomendarse a ley alguna, española o catalana, ejerciendo solo la prerrogativa de que gozan los monarcas absolutos: la ley soy yo.

Sucedáneo de independencia y suspensión de sus efectos «hasta que podamos llegar a un acuerdo». ¿Qué acuerdo, sobre qué a estas alturas? Supongamos que aceptamos la invitación, nos sentamos, cedemos esto y lo otro, pero a cambio, ¿qué nos ofrece usted? ¿Está dispuesto a retirar el artefacto? ¿A incumplir también, después de ciscarse en todas las leyes, el mandato imperativo que los catalanes expresaron en el referendo del 1 de octubre? Pues claro, porque yo soy el rey.

Pobre hombre. Ni siquiera es consciente de sus triunfos. Todavía no sabe que ya está recuperando los 16.000 millones, o los que sean, que España le robaba a Cataluña. Porque cada vez que una empresa catalana cambia su domicilio fiscal y paga su impuesto de sociedades en otra parte, la balanza fiscal tiende a equilibrarse. A la Agencia Tributaria le da lo mismo que el dinero proceda de esta o de aquella provincia. Pero el inefable argumento de Junqueras queda hecho trizas, porque el Estado roba cada vez menos a Cataluña y acrecienta el saqueo de Madrid, Alicante o Mallorca. Es lo que tiene montar una revolución con armas tan pedestres como una estadística a gusto del consumidor.

En resumen, estamos igual que ayer. Unos más hartos que otros. Y Puigdemont empeñado en demostrar que sabe torear.

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