Por favor, señor Rajoy, no se me raje


Nadie duda ya en España, ni siquiera el nacionalismo más recalcitrante, de que la rebelión contra la unidad del país y su Constitución impulsada por la Generalitat ha acabado en un fiasco formidable. Ese final estaba escrito pues no hay un solo Estado democrático en el mundo dispuesto a tolerar la separación por la fuerza de uno de sus territorios.

En realidad, solo el delirio de los separatistas (lo que no hace mucho denominé aquí enajenacionalismo) permite entender sus fantásticas expectativas en relación con un procés que debe cerrarse como es debido si no queremos encontrarnos en el futuro con algo similar en cualquiera de las Comunidades donde el nacionalismo con el apoyo de Podemos, o viceversa, podría volver a intentar una rebelión secesionista.

Y aunque para clausurar como Dios manda la rebelión a la que nos enfrentamos es necesario, desde luego, que se restaure la legalidad constitucional, no estoy seguro, escuchando algunas de las cosas que se dicen estos días, que estemos pensando en lo mismo todos los que defendemos tal restauración.

De hecho, parece extenderse la idea de que si Puigdemont se bajara de la burra ante el requerimiento del Gobierno («ni he declarado la independencia ni continuaré adelante con la rebelión») las lanzas del 155 contra él y sus secuaces se volverían cañas. Cañas de cerveza, quiero decir, porque en tal caso Puigdemont sería incluso invitado a participar en el Congreso en esa reforma fantasmagórica que Sánchez ha conseguido arrancarle a Rajoy a cambio de no dejarlo solo en la lucha contra la rebelión secesionista.

¿Alguien con sentido común piensa en serio que la conspiración encabezada por Puigdemont puede terminar con él sentado a la mesa de la reforma de la misma Constitución que ha pisoteado con tanta saña como falta de motivos? ¿Alguien cree de verdad que podrá restaurarse la legalidad sin que Puigdemont y sus secuaces den cuenta ante los jueces de los delitos que han cometido desde que decidieron que en Cataluña no existía ni Constitución, ni Estatuto, ni Código Penal?

Darle a los golpistas la razón en este punto sería devastador para el Estado de derecho, pues significaría que aquel existe en España para todos, salvo para los nacionalistas, cuya patente de corso para delinquir constituiría el mejor estímulo para que lo siguiesen haciendo en el futuro.

Ayer sostenía aquí esta misma tesis Xosé Luis Barreiro y con esa retranca que maneja como pocos titulaba su columna: «¡Por favor, Puigdemont, no te me rajes!». Por lo que pudiera pasar, yo me adelanto a hacer la misma petición al presidente Mariano Rajoy, que debería dejar claro que, pase lo que pase, él, su Gobierno y su partido no se sentarán jamás a negociar con quienes, salvo que el poder judicial dejara de existir, solo deberían tener un asiento asegurado: el banquillo de los acusados en un proceso criminal.

Comentarios

Por favor, señor Rajoy, no se me raje