El amigo inglés


A mediados de los años ochenta del pasado siglo, era yo un joven estudiante de derecho que se desplazaba, a diario, desde la casa de sus abuelos en Mieres, donde residía temporalmente, a la ciudad de Oviedo, en cuya Universidad cursaba los estudios. Por ello, pude ser testigo privilegiado y participante ocasional de las movilizaciones mineras que por entonces se llevaban a cabo en las cuencas asturianas. Mis abuelos vivían a escasos metros del «pozu» Barredo (en el que pocos años después, se produciría el histórico encierro de 36 sindicalistas encabezados por José Ángel Fernández Villa y Antonio González Hevia), por lo que, la mayoría de las veces, sólo tenía que sentarme a esperar el inicio de las concentraciones y los frecuentes enfrentamientos con las fuerzas del orden público justo debajo de la ventana de mi habitación, y bajar corriendo a unirme a las algaradas; y ello, pese a las continuas regañinas de mi pobre abuela, reprochándome que dedicara más tiempo a esas veleidades reivindicativas que a mis estudios. Es verdad que en esas refriegas, recibí algún que otro «toletazo», pero siempre lo consideré una suerte de peaje que tenía que pagar, atribuible más a mi bisoñez, falta de pericia e inexperiencia en esas lides, que a cualquier otra cosa. Digamos que era algo así como una especie de «rito iniciático» para todos los que, por aquellas fechas, jugábamos a ser revolucionarios.

En aquella época, uno de mis referentes en política era el Partido Laborista inglés y su dirigente Arthur Scargill. Arthur «el rojo» era, por aquel entonces, el líder del todopoderoso Sindicato Nacional de Mineros (NUM), que acabada de perder el pulso con la primera ministra Margaret Thatcher en las huelgas mineras de 1984-1985 y formaba parte del ala más izquierdista del Labour Party. Scargill seguía la estela de todos aquellos líderes mineros del norte de Inglaterra, como el enorme Sam Watson, que dejaron su impronta en el partido laborista durante los años 50 y 60. En este sentido, se cuenta que la autoridad moral de Watson era tal, que cuando se presentaba alguna iniciativa conflictiva al líder laborista y primer ministro, Clement Attle, éste la rechazaba, argumentando: «no puede ser. Sam Watson no lo permitiría».

En su libro de memorias, el ex premier Tony Blair describe sus peripecias como joven diputado en el muy izquierdista partido laborista de mediados de los ochenta. Así, el joven Blair, que había conseguido su escaño por la norteña circunscripción de Sedgefield, en las catastróficas elecciones de 1983 (donde los tories obtuvieron, con el 42% de los votos, la mayoría parlamentaria más holgada desde el triunfo laborista de 1945), pasó a apoyar sin reservas al nuevo líder, Neil Kinnock (galés e hijo de mineros), en su lucha encarnizada por «centrar» el partido, aliviando a éste del asfixiante peso de los sindicatos y expulsando de su seno a la corriente marxista de tendencia trotskista, «Militant». Enfrente tenían a Tony Benn, Michael Foot y a un joven diputado por el distrito londinense de Islington North, que obtuvo su escaño en ese mismo año 1983, llamado Jeremy Corbyn.

Tras los gobiernos de Tony Blair y Gordon Brown bajo la bandera del Nuevo Laborismo, el partido laborista pasa a manos del «izquierdista» Corbyn; figura emergente de la izquierda europea y , al parecer, referencia política e ideológica de la nueva dirección del PSOE (así, la propia vicesecretaria general, en el cierre del último congreso de la FSA alabó, en su discurso, las políticas y la figura del actual líder laborista, contraponiéndola a la de «algunos socialdemócratas» que están en crisis por «pactar con la derecha»). Sin duda alguna, la figura de Jeremy Corbyn es digna de análisis y estudio, especialmente por su gran predicamento entre el electorado más joven, que le apoya a través de las redes sociales y del grupo de campaña «Momentum»; pero mi impresión es que el veterano político, al igual que su homólogo norteamericano Bernie Sanders, son figuras que transcienden y desbordan a las organizaciones políticas de las que forman parte, creando plataformas electorales y auténticos movimientos sociales, al margen de las estructuras tradicionales de sus partidos. Además, somos muchos los que tenemos la íntima convicción de que Corbyn, con su radical propuesta de nacionalizaciones, su mal disimulado euroescepticismo (que ya le llevó, en su momento, a votar en contra de la permanencia del Reino Unido en la CEE, en el referéndum de 1975) y su defensa sin ambages del régimen venezolano y de su presidente Maduro, está mucho más cerca ideológicamente, de lo que pueden representar en nuestro país Podemos y su entorno que de los postulados defendidos, hasta el momento, por un partido socialdemócrata de corte europeo, como es el PSOE.

 Así pues, estaríamos cometiendo un grave error de estrategia, si pretendiésemos implementar, sin más, ese modelo en el proyecto socialista español. Y ello, porque ni el hiperliderazgo, ni el euroescepticismo, ni el estatalismo exacerbado, ni, desde luego, la defensa a ultranza de los regímenes totalitarios, han formado parte de las señas de identidad de este partido, en sus casi 140 años de  historia. Sigamos, pues, así; al menos otros 140 años más.

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