Arde Cataluña, se apaga Asturias


[La vida sigue. A Gijón le queda una cicatriz a la altura del Café Gregorio, una de esas cicatrices que enseñas levantando el jersey y contando historias, reales o exageradas, historias que serán sobre trucos de cartas a deshoras con clientes tardíos, encantamientos de lubinas o copas de coñac de marcas exquisitas imposibles de recordar, servidas con sonrisa medio infantil medio de perro viejo que viene de vuelta. Con este latido de menos Gijón se hace un poco más viejo. Fue siempre un placer, Chano. Lo dicho. La vida sigue.]

«¿Por qué no te callas?», le dijo hace ahora diez años nuestro Rey emérito a Chávez. Venezuela no era todavía un factor de propaganda en España, pero Chávez ya era el gorila rojo y caía un poco pesado y demagogo. Nos dio en el punto, dijo entonces Gabilondo, no estuvo bien pero nos dio en el punto. El Borbón no se había caído de culo en Botswana y todavía era simpático. No está bien que un jefe de estado le diga a otro que se calle, pero, como decía Gabilondo, nos dio en el punto. Aquello fue campechano, la típica ruptura de protocolo borbónica, de cuando rebosaban sencillez. Y es que a veces lo que la razón nos dice que está mal las tripas bajas nos dicen en la intimidad, quién sabe si en catalán, que es lo que hay que hacer. Seguramente lo de meter en la cárcel a los Jordis a muchos les dio en el punto y se lo pedía el cuerpo. Es comprensible. El nacionalismo, como la religión, es una mala hierba cuando sale del ámbito privado, de la razón personal por la que alguien o muchos luchan por tal o cual cosa. Cuando salen de ese reducto privado e invaden la vida pública y se hacen algo en cuyo nombre los demás deben aceptar normas y obligaciones, son una infección y sólo inyectan en el diseño de la convivencia la irracionalidad que acompaña a las emociones colectivas. Además es evidente el exceso y hasta mala fe del independentismo. Ignoran con grosería a una oposición parlamentaria que representa más votos que los suyos. Prevén que una decisión tan severa como la secesión se pueda tomar con un apoyo minoritario. Para hablar claro, el independentismo catalán actual dio muestras de que no aplica la fuerza porque no la tiene y de que la garantía que tenemos de que no haya una guerra es sencillamente que sólo hay un ejército. Así que por qué no nos va a dar en el punto la jueza Lamela metiendo en la cárcel a los Jordis. Fue campechana como un Borbón. Es normal que nos lo pida el cuerpo. El problema es si se puede meter en la cárcel a los Jordis sólo porque meterlos en la cárcel nos da en el punto.

Todos entendemos la ley del embudo porque todos practicamos dobles y triples raseros. Pero hay que poner límite porque a partir de cierto volumen de contradicciones nuestra mente se extravía y se bloquea, como el HAL 9000 de la odisea espacial. Las manifestaciones convocadas por los Jordis, sobre todo en las Diadas, y mal que me pese, tuvieron más respuesta que ninguna causa imaginable en Europa y fueron siempre ejemplarmente pacíficas y bien organizadas, a pesar de la radicalidad de la propuesta que las animaba. Resulta raro que la libertad de expresión se pueda ejercer sólo cuando nos hace caso poca gente, porque si acude mucha gente a nuestra llamada nos arriesguemos a que alguien lo llame tumulto y caigamos en la sedición. Hay mucha gente del PP acusada de delitos muy graves que andan sueltos por la calle y en la poltrona de cargos públicos, con una justicia invisible de tan lenta, y sin embargo los señores Sánchez y Cuixart están en la cárcel acusados de un delito muy difícil de delimitar, pero muy fácil de comparar con otras faltas. Nos dicen que hay que respetar la decisión judicial los mismos que rompen los discos duros que le reclaman los jueces y que dedican el Ministerio de Justicia a invadirla y a proteger a los corruptos de su aplicación. Ahora nos están diciendo desde las alturas gubernamentales que en las escuelas catalanas se adoctrina a los niños con nuestros dineros, los mismos que luchan a brazo partido por la enseñanza concertada. El interés del PP por entregar la educación a la Iglesia con el dinero de todos no se debe a sus ansias irrefrenables de libertad. Ni el del PP, ni el del Opus, ni el de Hazte Oír. Se debe a la influencia que quieren que la Iglesia ejerza a través del sistema educativo. No sé si esto se parece a lo de adoctrinar. Pero bramar contra el adoctrinamiento nacionalista a la vez que se dice que entregar la educación a la Iglesia es libertad y amor a la familia de nuevo hace chirriar el entendimiento.

En todo caso, la cuestión no es de la jueza. Hace tiempo que la situación de Cataluña reclama gobierno y política, es decir, una manera de modelar el conjunto de la situación con un propósito definido. La Justicia no tiene por naturaleza ese cometido. Un conjunto de decisiones judiciales no son un plan coherente porque no pretende ni puede serlo. La Justicia, en el guirigay catalán, es como una de esas aspiradoras autónomas sin cable que se sueltan en la sala y van haciendo su trabajo dando tumbos y chocando con todo. Es evidente que los independentistas piensan que sólo conseguirán subir el rango político de Cataluña a través de una conflictividad tan inmanejable que difumine todos los detalles, incluido el detalle de si hubo o no referéndum, si representan al cuarenta o el sesenta por ciento o si las actuaciones son legales o dejan de serlo. Cuando el conflicto sea generalizado, sólo importará a todo el mundo el conflicto en sí y quedarían equiparadas España y Cataluña en tanto que partes de ese conflicto. Y el PP parece buscar en esencia lo mismo, que es el conflicto máximo que diluya lo demás. Así nadie piensa en Gürtel y la reprobación a Soraya por la barrabasada del 1-O se aplaza porque quedó ahogada en el barullo.

Los incendios del noroeste fueron el contrapunto poético de Cataluña. El incendio físico como eco del incendio político, el desconcierto porque no amanece como metáfora de la oscuridad y perplejidad catalana. Además de contrapunto, sirvió para entender por contraste el compromiso y la ausencia de compromiso. Se habló de Galicia y Asturias con tanto volumen como de Cataluña y con palabras igual de gruesas. Terrorismo, crimen y cosas así. Pero el compromiso supone el roce o el conflicto con alguien. Nada de lo que los gobiernos dijeron de Asturias o Galicia señala ni contradice a nadie. Fueron decibelios expresivos. Si el Daesh reivindicara los incendios como un ataque suyo, ¿qué recursos movilizaría la autoridad para atrapar a los autores y para que no hubiera otro ataque semejante? ¿Son esos recursos los que va a movilizar ahora? Si la respuesta es negativa, que no digan que están haciendo lo que pueden. Si los pirómanos fueran otros, harían más.

Pero, como digo, sobre todo Asturias es un contrapunto poético del jaleo catalán. Asturias, social y políticamente, no se enciende, se apaga. El PSOE flota en un parlamento en el que está en minoría. La gente próxima al Presidente está a su vez en minoría en el PSOE. El propio Presidente fue reprobado por su partido en muchas localidades y, a escala nacional, la gestora que presidió fue vapuleada por la militancia. No tiene más recuerdos gratos que aquellas flores que le dedicaban en el ABC y La Razón por regalar a Rajoy los votos socialistas. A todos los efectos es un Gobierno póstumo en una Comunidad de otro tiempo. En estos días de Premios Princesa vendrá míster Marshall como todos los años con todo el oropel y se irá como todos los años dejando ese acre sabor a nada que le dejaban algunas tardes a Ángel González. No es que me moleste que anden por unos días paseando por nuestras ciudades talentos tan inspirados como nos vistan cada año. Me molesta que nos digan que son días de Asturias lo que son los días de la realeza y el nada ejemplar cotarro borbónico. Me molesta que nos digan cuánto valen para Asturias en promoción estos fastos y las cantidades que se dan nunca se puedan gastar en la variante de Pajares porque no hablan de dinero de verdad. Me molesta que Asturias envejezca, la gente se vaya y, mientras la vida se va de Asturias sin que nadie tenga un plan, vengan cada año de palacio a decirnos que qué cuca es esta tierra y cuánto dejan aquí los Premios. El próximo año habrá más incendios, volverán los Premios Princesa, habrá menos gente y la que haya tendrá un año más. Y quedarán un par de estatuas, algunos paneles con citas ilustres de premiados y cosas así. Cada vez más recuerdos y menos gente.

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