El rico y próspero Ned Ludd


No voy a decir que vivimos en un mundo cada vez más dependiente de la tecnología y en el que la gente desconoce o desprecia esa tecnología, porque eso lo podría decir perfectamente un señor del siglo XV o el XIX. Pero sí que puedo decir que el ser humano, al menos en occidente, ha creado algunas generaciones de individuos de gustos sofisticados, que disfrutan, quizá, con desbarres lacanianos de dudosos e incomprensibles valores al mismo tiempo que se deleitan bebiendo vinos de calidad y cervezas de importación caras, o se meten entre pecho y espalda sofisticados cócteles de aromas imposibles cuando llega el sábado, pero incapaces de apreciar lo que la ciencia nos ofrece y la deuda impagable con quienes la ejercen.

Algunas personas, algunas científicas y científicos, conscientes, quizá, de esto, y de que la ciencia no es solo para los científicos, aparcan durante unos instantes su labor investigadora para divulgar el conocimiento y hacerlo accesible a quienes carecemos de formación científica o de formación en general. Hay miles de podcasts, webs, libros, programas de radio o documentales dedicados a divulgar la ciencia. El Museo Jurásico de Asturias, divulga el conocimiento científico, y es bueno que así sea, amén.

Pero a veces, cuando la investigación científica se pretende accesible, se encuentra con un muro de incomprensión por parte de sofisticados frecuentadores de barrios bohemios del centro de Madrid y similares. Como presas de un delirio romántico, no de regalar flores, ni caja de bombones. Más bien como John Keats, el poeta romántico inglés que creía muy cretinamente que Newton había destruído la poesía del arcoiris al reducirlo a eso tan poco poético de los colores prismáticos. Hoy los delirios posmodernos beben sin saberlo de la estúpida forma de pensar de aquel poeta, y tal vez este sea el mecanismo tras el que se esconden las críticas al estudio científico de los comportamientos humanos, a los transgénicos o a la energía nuclear. Digo bien, creo, pues nunca suelo leer críticas bien fundamentadas hacia cualquiera de estas cosas, solo exabruptos y la insinuación jesuítica de que no es bueno que el hombre juegue a ser Dios.

No hay ninguna diferencia entre quienes creen que los chemtrails nos envenenan o que el estudio del comportamiento humano o la Teoría de la Evolución nos despojan de todo lo maravilloso y poético que hay en nosotros y quienes creen que el cambio climático es un invento de los progres con el objetivo de hundir a la industria petrolera, creadora de progreso y bienestar para todos. No hay ninguna diferencia significativa entre el pensamiento del fundamentalista evangélico de Kansas que se arroja ante los coches que circulan por la carretera para protestar contra el aborto y el de quienes niegan los beneficios de los cultivos transgénicos.

Entiéndanme, yo mismo compartí algunos de estos prejuicios cuando era joven. Ser de izquierdas y que viniera un charlatán a enseñarte un panfleto donde te cuentan que una cadena de comida rápida norteamericana ha logrado mediante ingeniería genética crear carne artificial que permanece enchufada a sofisticadas máquinas con aspecto de haber salido de una novela de Mary Shelley sobre las que cuelgan muslos de pollo, hocicos de cerdo y patas de cabrito palpitantes bombeadas con sangre artificial, era frecuente. Hoy podemos encontrar cosas parecidas en internet, pero en mi juventud esta pseudoinformación se transmitía en ambientes de izquierda alternativa por medio de panfletos fotocopiados que nos rulábamos ávidamente. Pero un día me dio por preguntarme qué clase de chorradas estaba creyendo, y me dio por leer, y leí muchos libros de divulgación científica. Actualmente pienso en mi yo de aquellos entonces y siento una profunda vergüenza ajena al descubrirme como un profundo reaccionario.

La ciencia no es el enemigo. La ciencia es nuestra salvación, o al menos buena parte de ella. Existen pocas cosas más progresistas que divulgar la ciencia, hacerla accesible a quienes no somos científicos, al pueblo, y divulgar es un trabajo duro que en la mayoría de las ocasiones no repercute beneficio alguno a quien lo realiza. Conozco personalmente a muchos de quienes lo hacen, y son personas accesibles que sacrifican su valiosísimo tiempo para que tú y yo dejemos de pensar tonterías sobre el arcoiris.

Pero en esas estamos, algunos siguen creyendo que la ciencia ha acabado con la poesía del arcoiris, los pajaritos o el Bambi de Walt Disney. Esto se traduce en virulentos ataques contra lo que consideran erróneamente determinismo biológico o contra quien explica las bondades de los transgénicos en las redes sociales. Hay un muro entre esas clases medias presuntamente ilustradas que dice Alberto Garzón que votan a su formación política y el conocimiento científico, y digo bien, pues en los barrios pobres no se andan cuestionando estas cosas, que se suda para comer y no hay tiempo para negarse a aquello que te facilita la vida.

En cambio, en ese mundo ficticio que es la falsa bohemia del centro de Madrid, pueden permitirse muchos lujos, como beber cerveza artesana o atizarle verde a la ginebra con tónica. Entre sofisticados aparatos tecnológicos de bolsillo, carísimas gafas de pasta y unos mil euros en tatuajes por brazo, parece ser que la poesía fluye a raudales, toda una paradoja. Pero no es cierto. No hay más poesía en creer que las nubes son de algodón que en saber que están hechas de agua. No hay más poesía en creer que existen dios y el diablo que en saber que muchos de nuestros comportamientos están en nuestra naturaleza, y que solo conociendo esa naturaleza podemos aspirar a cambiarla. No hay más poesía en ser un ignorante que en dejar de serlo.

Piotr Kropotkin escribió «El apoyo mutuo», que fue publicado entre 1890 y 1896. En esta obra intentó hacer compatibles sus ideas anarquistas con la Teoría de la Evolución. Hoy eso es casi imposible, ningún intelectual de izquierdas parece tener inquietudes científicas. En su lugar, eso sí, tenemos huertos urbanos y una idealización grosera, de campesino de cartelería nazi, sin dolores ni sudor, sin la dureza que curte a la gente del campo, mientras quienes se dicen la izquierda ilustrada beben cervezas artesanas en Malasaña y miran las noticias en un iPad. Es la sofisticación exterior ocultando un abismo intelectual por dentro. Ned Ludd hoy es un pijo revolucionario de salón que nunca ha tocado un telar, pero viste a la última moda.

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