La última decisión de Puigdemont


En la víspera de días cruciales andamos todos chapoteando en un mar de dudas. Aquí, salvo Albert Rivera y la CUP y algunos artistas invitados que sí lo tienen claro, hay mucha incertidumbre y ninguna certeza. A punto de zarpar las carabelas del 155, aumenta la congoja entre la tripulación. Resulta imposible vaticinar el resultado de la expedición, porque nadie conoce los peligros que se avecinan ni por tanto la manera de sortearlos. Ni siquiera podemos descartar que se produzcan deserciones o motines a bordo. Habrá que improvisar en alta mar y en función de la resistencia activa y pasiva?-?confiemos en que pacífica- que se encuentre a cada paso. Por eso, porque nos internamos en un océano inexplorado, nadie está en condiciones de asegurar si la travesía será corta o larga, relativamente plácida o traumática, eficaz o contraproducente. El oleaje desatado por el 155 será enorme y no existe póliza de seguros que cubra el riesgo de acabar engullidos por una tormenta perfecta.

Lo mejor para todos, sin duda, sería que el 155 no llegase a salir del puerto. Pero esta opción, una vez que la película ha llegado al clímax, depende exclusivamente de Puigdemont. Hoy nos comunicará su decisión última: o levanta la bandera de la república que pondrá en marcha el 155, o disuelve el Parlamento catalán y convoca elecciones. No hay tercera vía, pese a su destreza con el lenguaje: o bien con la CUP, la inmolación y las barricadas, o bien con ese nacionalismo, antaño moderado, que lo acompañó durante el procés hasta que le vio las orejas al lobo.

Si yo estuviera en su piel y me hubiera metido irresponsablemente en ese callejón sin salida, optaría por lo segundo como mal menor. Primero, por puro egoísmo: para evitar que el sábado publicase el BOE mi destitución fulminante como presidente de la Generalitat. Cierto que yo no tengo madera de héroe: quizá Puigdemont aspire a dedicar la segunda parte de su vida a liderar la resistencia y las revueltas callejeras que traerá el 155. Segundo, por patriotismo: para frenar la hemorragia económica de Cataluña y la fractura social del pueblo catalán, que se acentuarán durante la aplicación del 155. Tercero, por nacionalista: para impedir que el 155 liquide -o suspenda- el autogobierno de Cataluña, coloque a Rajoy al frente del virreinato y dé alas al movimiento antiautonomista y centrípeto que está a la que caiga.

Por si no le bastan esos argumentos, señor Puigdemont, sepa también que está en sus manos abrir una brecha en el bloque constitucionalista. Si convoca elecciones autonómicas, ejerciendo la facultad que le otorga el Estatuto de Autonomía, dirán unos que el 155 ya no tiene sentido y dirán otros que tal iniciativa no frena su aplicación. Pero incluso los segundos, ¿se atreverán a anular la convocatoria electoral? ¿Con qué fundamentos jurídicos? Podrán seguir adelante, podrán destituir al Gobierno, pero no cancelar las elecciones que usted convoque. ¿Elecciones o 155? Tal vez el lector, cuando lea estas líneas, ya conoce la respuesta. Será la última decisión de Puigdemont.

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