Sea gobierno por un momento. Y sea ignorante


Una de las motivaciones que me llevaron a trabajar en el Parlamento Europeo fue tener acceso a una inmejorable fuente de información conductual de la fauna política que se desempeña en Bruselas y Estrasburgo. Datos que van mucho más allá de las premisas políticas que se les suponen a los diferentes grupos que allí regatean enmiendas en el proceso legislativo europeo. Desde las tácticas y actitudes en las mesas de negociación a las declaraciones en medios o las intervenciones en sesión plenaria, pasando por la comunicación no verbal en las interacciones en los incontables vestíbulos que convierten a esta institución de la Unión en un laberinto, y no solo en sentido metafórico. Información que me sirve para contrastar con la de otras fuentes más convencionales, y seguir poniendo a prueba hipótesis de psicología política, más o menos formales.

Estos días, en nuestra circunscripción, el conflicto catalán está proporcionando también información muy valiosa sobre conducta política. La paradójica polarización en el eje de la legitimidad de la representación territorial, toda vez que es atravesado, de forma, tal vez, oblicua, por el eje izquierda-derecha, está formando alianzas argumentales poco verosímiles fuera de este marco.

Los argumentos, públicos, que se arrojan desde sus respectivas trincheras, y con los que pretenden justificar el enconamiento, a duras penas logran encubrir aquellos otros que remiten al propósito último de quienes aspiran a configurar las expectativas de la población: el control del acceso a los recursos. Las huestes de ambas causas nacionalistas suelen armarse de los primeros, pero no quieren ver los segundos porque son moralmente cuestionables. Por ejemplo, la rentabilidad electoral.

Este último argumento no parece dar sentido, sin embargo, a quienes abogan por una solución política dialogada, pues están perdiendo apoyo electoral por ello. Merece la pena elaborar otra hipótesis acerca de qué subyace al interés de la derrota del adversario frente al del acuerdo.

Hagamos un ejercicio: sea gobierno por un momento. Y sea ignorante respecto a su posición en un conflicto. Es decir, en un caso ficticio en el que podría ser, también, gobernado u observador. Si fuera gobernante y una parte relevante de la población  reclamara una iniciativa política para satisfacer una demanda social de largo recorrido, pero que contraviene una ley, qué haría en justicia: invocar la ley y rechazar la petición, o iniciar un proceso de modificación legislativa que atendiera, en la medida de lo posible, los intereses de todas las partes. ¿Y si fuera gobernado?; ya sea de los reclamantes, de los que rechazan la reclamación o de los que se abstienen. O sin saber su posición en el conflicto, aplicando un velo de ignorancia como el que el filósofo liberal John Rawls desarrolló en su teoría de la justicia, para proponer soluciones que aceptaría si fuera integrante de cualquiera de las partes implicadas.

Y para finalizar, la hipótesis. Una buena solución en este ejercicio requiere empatía, es decir, saber ponerse en lugar de los demás, y previsión. De alguna manera, requiere un tipo de abordaje cognitivo, una forma de pensar, con un alto grado de inclusividad y de alcance temporal. No es un perfil muy abundante si suponemos que la población se distribuye de forma normal en estas dos facetas que, junto a otras, tienen bastante correlación en el eje izquierda-derecha. La mayoría se encuentra alrededor del medio: inclusividad media y alcance temporal medio. Y a medida que se sube en inclusividad uno tiende a sentirse comprometido con más personas, y a la inversa. Y entre ambos extremos, como seres sociales que somos, recurrimos a diferentes criterios de inclusión para afianzar el sentido de pertenencia, y/o para la discriminación, si añadimos miedo y egoísmo: ya sea la familia, un equipo de fútbol, la raza, el género, la clase, el territorio o, en realidad, una combinación de los anteriores.

En una sociedad que nos camela con el espejismo de la libertad individual, por oposición a la interdependencia psico-socio-biológica, y que, por otra parte, nos empuja hacia la reducción de inclusividad mediante la desposesión, como estrategia de debilitamiento frente a un poder económico globalizado ?divide y vencerás?, resulta más fácil vender propuestas políticas que conectan con el perfil medio, que quiere soluciones para “los suyos” a corto-medio plazo, que otras propuestas como, por ejemplo, las ecologistas, comprometidas con todos los seres vivos a largo plazo, por muy perentorias que sean. Y lo son; así que estamos jodidos.

De ahí ese afán por extender su identificación al centro, en ambos lados del espectro político, desde donde nos venden, por tanto, soluciones de centro, acompañadas, teóricamente, por soluciones para los desfavorecidos desde un lado y para los favorecidos, desde el otro. Aunque no sé cómo hacen, pero los favorecidos saben hacer valer su condición en cualquier caso. En la economía-casino, la banca siempre gana.

Hace falta carisma e inteligencia, por parte de quienes quieren gobernar con mucha inclusividad, para compensar la menor empatía de quienes gobiernan, a la vista y desde la sombra, con menos inclusividad para satisfacer prioritariamente intereses de parte; su parte, claro.

El sentido común, si eso, ya tal.

¿Y la próxima semana?

La próxima semana hablaremos del gobierno.

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Sea gobierno por un momento. Y sea ignorante