El arte de poner a cada uno en su sitio


Jopé, cómo ha cambiado el cuento en tres días. La presidenta del Parlamento catalán, Carme Forcadell, ha pasado de arengar a los que cercaban el Tribunal Superior de Justicia a obedecer a la Justicia sin rechistar. Los miembros del Gobierno decidieron también obedecer y solo el consejero Rull se hizo una foto en su despacho como ministro de la república independiente, pero solo una: una vez hecha, se volvió a casa. Y Pablo Iglesias, que había dado un viva a la «Catalunya lliure y subirana» y coqueteó lo que quiso con independentistas, se empieza a arrepentir y desautoriza a su marca catalana. Se puede traducir así: «Podemos desautoriza a Podem». Y el acongojado dinero salió de su escondite, dijo «aquí estoy yo», hizo subir la bolsa y premió especialmente a los bancos de la nación catalana.

Pero lo más grandioso ha sido ver ayer en Bruselas al honorable Carlos Puigdemont, acompañado por casi media docena de sus ministros, casualmente al día siguiente de que un alto cargo belga admitiese la posibilidad de darle asilo político. Puigdemont, según parece, no perdió ni un minuto en irse a Bélgica a ver qué había de tan suculenta y salvadora oferta. Y debió de viajar por carretera, para que nadie lo viese en el aeropuerto. Se marchó como un delincuente que huye de la policía por lugares poco frecuentados. Y lo hizo antes de que el fiscal general del Estado comunicase el contenido de las querellas.

Al margen de desmentidos, tengo para mí que Puigdemont, de tanto citarle estos días a Tarradellas, quiso ser como él; pero no como el Tarradellas del regreso, pragmático y realista, sino como el Tarradellas de los 40 años de franquismo: presidente de la Generalitat en el exilio. El caso es no perder el título de presidente. El caso es, sobre todo, librarse de la posible condena a unos cuantos años de cárcel, porque todos los delitos que enumeró el fiscal general pueden coincidir en su persona. El resumen de estos episodios es ya una caricatura del desenlace del procés. No habrá boicot a las elecciones. Aquellos miles de voluntarios que iban a cercar el Palau y las instituciones para que no entrasen las fuerzas de ocupación todavía no se han visto. Aquel Rufián que le pedía a Rajoy que sacase «sus sucias manos» de Cataluña tiene que escuchar ahora cómo le preguntan a él por qué sigue cobrando del Congreso si se ha independizado. Y aquellos heroicos líderes que animaban a la rebelión, a la resistencia y a la insumisión pacífica se desvanecen en la niebla del miedo. «Por la pata abajo», que dirían en mi pueblo. No cantéis victoria, porque el independentismo sigue ahí y puede renacer el orgullo herido. Pero el miedo pone a cada uno en su sitio. Y ayuda bastante la autoridad.

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