La Asturias que me importa

Oficina de empleo

A todos aquellos de ustedes que no lo sepan (que supongo, son la mayoría), les diré que trabajo en una oficina de empleo. La mía es una de esas caras que los usuarios ven, tras un escritorio, cuando traspasan las puertas de alguna de las oficinas que el Servicio Público de Empleo del Principado de Asturias tiene distribuidas por toda la región. Así, he podido comprobar que cada una de estas oficinas es un verdadero laboratorio social, en el que concurre una población auténticamente transversal; y ello porque, cualquiera, y digo cualquiera, puede verse, en algún periodo de su vida, compelido a acudir a una oficina del SEPEPA, independientemente de su situación socioeconómica (o como diría el viejo marxista que llevo dentro, independientemente de la clase social a la que uno pertenezca).

Y por eso, tras algunos años de militancia partidaria (y muchos más de lucha social y política al margen de los partidos), me permito aconsejar a todos esos políticos que alardean de conocer «a fondo» la situación en la que se encuentra la población asturiana, a pesar de no haber  trabajado ni un solo día fuera de la política, que se den una vuelta, de vez en cuando, por alguna de estas oficinas. Y ello, porque, cuando veo los cientos de currículos de jóvenes con una cualificación cien veces superior a la mía (grado, máster e idioma incluido) que llegan a mi PC optando a la oferta de trabajo de mozo de almacén que acabo de publicar, pienso: Asturias es esto. Y cuando tengo que decirle a un usuario, parado de larga duración con dos hijos a cargo, que ya ha finalizado, por tercera y última vez, la RAI (renta activa de inserción) a la que tenía derecho, por lo que el próximo mes ya no va a percibir los 430 € que le correspondían, vuelvo a pensar que la Asturias real también es esto. Y, en fin, cuando tengo que oír los reproches de un empresario de la hostelería, quejándose de que no ha encontrado candidatos para un puesto de trabajo de auxiliar de cocina, con una jornada de 40 horas semanales, sábados y domingos incluidos, por poco más de 700 € brutos al mes, y me espeta en la cara, muy ufano, que: «en esta región, por culpa de esa mierda del salario social, nadie quiere trabajar», tengo que pensar que, desgraciadamente, esto también es Asturias.

Y permítanme, estimados lectores, una pequeña confesión. En mí ya dilatada vida profesional, he sido, entre otras cosas: abogado laboralista de un sindicato, en aquellos tiempos en que la reconversión industrial dejaba, cada día, miles de trabajadores en la calle; letrado del turno de oficio en el Gijón de la crisis, donde la droga causaba estragos y me pasaba los días visitando a clientes yonquis en el centro penitenciario de Villabona; asesor jurídico de una asociación de vecinos, en la época en que el movimiento vecinal era la punta de lanza en la lucha frente a las políticas de los gobiernos de Aznar con mayoría absoluta; y, ya dentro de la administración, he trabajado como técnico, en consejerías como las de sanidad y servicios sociales; pero créanme si les digo que, nunca, nunca, he tenido una satisfacción profesional tan grande como la que he llegado a sentir cuando, gracias a mis modestas gestiones, una mujer inmigrante, madre soltera y con una grave discapacidad, logra un puesto de trabajo ( sí, es verdad que temporal y no muy bien retribuido) en una empresa de limpieza, y la propia trabajadora acude días después, a la oficina, con su hija en brazos, para darme las gracias personalmente.

Así pues, en estos tiempos turbulentos, de búsquedas desesperadas de identidades diferenciadoras, de nacionalismos excluyentes y de insufribles loas a patrias y banderas propias, cuando, cada día, suenan las campanas de la cercana iglesia parroquial indicando que ya son las nueve de la mañana, se abren las puertas de la oficina y empiezan a entrar los ciudadanos de toda edad, procedencia y condición, que estaban esperando tras la cristalera con el documento de renovación de la demanda de desempleo en la mano, me reafirmo más y más en mis convicciones y en mi fuero interno, me digo: «Sí. Esta siempre será mi gente».

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