Los independentistas, estafados


Comprendo la perplejidad expresada el domingo por Ada Colau. Desconcierto similar al que atenaza en este momento a los soberanistas catalanes: al igual que la alcaldesa de Barcelona, no saben si viven en una recién estrenada república de Cataluña o si todavía residen en el reino de España y deben renovar el DNI. Sus guías espirituales han enmudecido, Forcadell acepta la disolución del Parlament, la bandera de España ondea al lado de la senyera en la Generalitat y Puigdemont y cinco exconsellers huyen a Bruselas con el rabo entre las piernas. Las huestes independentistas, huérfanas y desorientadas, no saben qué hacer. Dudan entre tres opciones: o bien salir a la calle a combatir sus fantasmas -las fuerzas de ocupación no están, aún no hay más «presos políticos» que los Jordis, los despachos del Govern están vacíos-, o bien arrellanarse en el sofá para seguir los acontecimientos por televisión, o bien movilizarse indignados contra los botiflers que los han dejado en la estacada. Los mismos traidores que ahora, para mayor inri, aceptan el derecho a decidir que les ofrece el president Rajoy. Porque una cosa ya está clara: todos los partidos independentistas concurrirán a las elecciones «ilegítimas» del 21 de diciembre, incluida la CUP -ya lo verán-, porque saben que fuera del Parlamento el frío hiela la sangre y los vacíos que dejen los llenan otros en un santiamén. Por eso, porque comprendo su desconcierto, recomiendo a los nacionalistas e independentistas de buena fe que, compartiendo o no las querellas de la fiscalía, interpongan una denuncia por estafa continuada. Contra quienes les indicaron la ruta hacia las estrellas y finalmente los abandonaron en el barranco. Les anunciaron el paraíso económico, atiborrado de dones y exultante de prosperidad, y los colocaron en la antesala del infierno. Los persuadieron del ingreso automático en la Unión Europea y tuvo que venir Bruselas a desmentir la falacia. Les garantizaron que el nuevo Estado gozaría del inmediato reconocimiento internacional y aún estamos a la espera de escuchar algún eco. Les aseguraron que la mayoría del pueblo catalán avalaba la travesía y acabaron por quitarles el monopolio de la calle y llenar Barcelona de banderas españolas. Les prometieron la independencia y, al final del trayecto, proclamaron con medias palabras y medias tintas un remedo de república vergonzante que haría sonrojarse al mismísimo Companys. Bastó un plumazo del BOE para poner fin a la ópera bufa. Y también para algo más: para demostrar que el engaño fue perpetrado con alevosía. Nunca Puigdemont ni Junqueras ni adláteres creyeron en su hoja de ruta y mucho menos en el advenimiento de su república. Midieron cada paso que dieron, cada palabra que pronunciaron, cada soflama y cada arenga, con el fin de proteger su libertad personal y su bolsillo. ¿Por qué, si estuvieran convencidos de su victoria, iban a temer a los jueces de ese país extranjero llamado España? Lo dicho: si yo fuese catalán y nacionalista los demandaría por haberme estafado.

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