Pepe Gotera y Otilio, secesiones a domicilio


El mejor resumen del hartazgo provocado por la rebelión secesionista se encierra en la desternillante noticia conocida este domingo: el compañero de celda de Jordi Sánchez, preso preventivo tras su imputación por sedición, rogaba a la autoridad penitenciaria que por favor lo cambiasen de aposento pues no soportaba ya (¡criaturita!) la insufrible matraca sobre el procés con la que el capo de la Asamblea Nacional de Cataluña lo tenía machacado. Así está la inmensa mayoría del país: hasta el gorro del independentismo. Y sin embargo…

Sin embargo, puede que sea justamente lo sucedido desde septiembre en Cataluña lo que acabe inmunizándonos frente a cualquier futura tentación secesionista, como otro golpe de Estado nos vacunó frente a la tentación militarista. Y es que en los dos últimos meses hemos descubierto que el llamado pomposamente problema nacional es en realidad el trampantojo de las obsesiones no solo de unos políticos nefastos, que desprecian las leyes tanto como los principios democráticos, sino también de unos majaderos, auténticos personajes del Tío Vivo, dotados, eso sí, de una inmensa capacidad para hacer daño.

Ahora lo sabemos: el país lo han puesto patas arriba unos cagones, que mientras convertían a muchos conciudadanos en carne de cañón de sus delirios votaban ¡en secreto! la independencia para zafarse de toda responsabilidad penal futura; unos carotas aprovechados, que con una mano declaran la república catalana y con la otra ponen el cazo para seguir cobrando sus sueldos en las Cortes del Estado del que proclaman haberse separado; unos traidorzuelos de tres al cuarto, que dejan abandonados a su suerte a los miles de catalanes que antes pusieron en pie de guerra mientras se dan a la fuga en Bélgica, mostrando que su coraje revolucionario se reduce a la retórica; unos villanos, que buscan abogados donde los encontraban los etarras; y, en fin, unos grotescos personajes de opereta, que han jugado a la rebelión hasta que han visto que su machada podía afectar a su libertad, a su bolsillo o a ambas cosas.

Y así, tras haber sido barrido del mapa con la única pero poderosa escoba de la ley, el secesionismo deja tras de sí un trágico reguero de descalabros pero inventa un nuevo tipo de régimen político: la república majadera. Porque la declarada el 27 de octubre en el Parlamento catalán, haciendo un bis, solo puede ser calificada de ese modo. Comparado con lo sucedido en Cataluña, las repúblicas bananeras son un ejemplo de seriedad, mesura y sentido del Estado. Por eso, y pase lo que pase en el futuro, hay algo que ya nadie podrá atreverse a refutar: que no existe en la historia de las revoluciones ninguna tan patética, risible y demencial como la dirigida por Puigdemont y por Junqueras, viva encarnación, mal que les pese, de dos españoles de tronío: de Pepe Gotera y Otilio y sus chapuzas a domicilio.

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