La ciudad necesita feminismo


Las ciudades se planifican teniendo en cuenta a un ciudadano estándar. Desde los ayuntamientos se ha ignorado la diversidad, la heterogeneidad de las personas y los usos que estas hacen del espacio público. Se ha priorizado la circulación frente a la interacción, lo productivo frente a lo reproductivo. La planificación urbana tradicional asume que las vecinas y los vecinos usan el espacio público de la ciudad, principalmente, para circular entre el lugar de trabajo, el espacio de ocio y el hogar. Asume una movilidad personal suficiente como para sortear las barreras físicas, da por existente una red social privada de apoyo a los cuidados, y da por sentada una percepción de seguridad uniforme en todos los colectivos.

Sin embargo, cruzar un paso de cebra en el tiempo establecido es distinto para una persona mayor y para una joven. Las mujeres, más que los hombres, evitan las calles oscuras y temen los portales laberínticos. Los escalones, el tipo de pavimento y la anchura de las aceras influyen en el itinerario de los carritos de bebé, de las sillas de ruedas o de los andadores. Hay quien no puede permitirse o no quiere pagar en las terrazas de los bares para poder descansar o hablar con tranquilidad en la calle.

En las últimas décadas, los centros de las ciudades se han adaptado a las costumbres del capitalismo: la arquitectura invita sólo a circular, a entrar en los comercios y seguir caminando. La frecuencia de los autobuses aumenta en las horas de ida y vuelta a los trabajos de oficina, pero no en las demás, las del colegio, las del ocio, las de los demás trabajos.

El funcionalismo asumió que, el ciudadano y la ciudadana cumplen cuatro grandes funciones humanas: habitar, circular, trabajar y recrearse. Y sobre ellas se configura la ciudad. La ciudad no es una mezcla, ni física ni social, sino que promueve la segregación de los usos: el urbanismo tradicional prevé que los vecinos/as residan en un lugar, vayan a trabajar a otro y que haya lugares de esparcimiento y de ocio en otras zonas.

También se han centrado en prevenir el hurto, el vandalismo, las conductas incívicas, a través de la transformación del espacio. El mobiliario urbano está diseñado de modo que nadie se encuentre en él demasiado cómodo, para impedir que se permanezca en él más tiempo del considerado oportuno. Los bancos de uso individual que miran a cualquier lado no ayudan a que los desconocidos se hablen, los individuales o redondeados impiden que alguien duerma en ellos. Las plazas duras, de cemento, no invitan a jugar, ni a detenerse en ellas, sino a cruzar, a caminar, a seguir produciendo o consumiendo. La falta de árboles es útil sólo para la vigilancia de la plaza desde cualquier ángulo.

Por todo esto es fundamental la introducción de áreas de Diversidad o de Género en los ayuntamientos, que faciliten la comunicación y cooperación fluida con todas las áreas de los ayuntamientos, también con la de Urbanismo, con la que, a primera vista, no parece que se comparta proyecto.

Por ejemplo las políticas de gasto deben tener en cuenta las situaciones de desigualdad entre los y las vecinas de la ciudad, hay que incorporar criterios de igualdad de género en transformaciones urbanas, hay que hacer visitas in situ a las personas vecinas, para poder elaborar un diagnóstico y responder a las necesidades de la vida cotidiana. Necesitamos elaborar un mapa a escala de la red cotidiana en nuestras ciudades, que incluya equipamientos, espacios públicos y otros servicios, e indicar las rutas accesibles y seguras desde la diversidad.

Queremos ciudades inclusivas: que incluyan la diversidad. Una diversidad que se corresponda realmente con la diversidad de una ciudad heterogénea. Aplicar la perspectiva de género de manera transversal, en todas las fases: en el diagnóstico del entorno urbano, en los procesos participativos previos a la modificación de este, en el diseño del mismo y en la evaluación de la intervención. De esa manera, se podrán analizar cómo los hombres y las mujeres usan de manera diferenciada la ciudad por los roles y las normas sociales, y también, cómo a raíz de estos roles se han priorizado unos usos frente a otros.

El espacio público, urbano, es el escenario de las desigualdades, pero también es una especie de lenguaje que hace que estas desigualdades se reproduzcan. Nuestro cuerpo y nuestra mente asimila lo que ve y percibe en el espacio. Para nosotras, dar un paso más allá de diagnosticar, analizar y ver cuáles son las diferencias en los espacios es fundamental. Queremos propuestas nuevas porque queremos cambiar la sociedad a través de la modificación de los espacios. Creemos que el espacio tiene un papel determinante como transformador social y como creador de realidades.

Pero ¡ojo! No todas las mujeres somos iguales, no tenemos las mismas necesidades ni las mismas experiencias, las mujeres somos muy heterogéneas, muy diferentes, tenemos diversidad de vivencias, y también entre nosotras existen privilegios y opresiones. No es lo mismo ser una mujer, blanca, de clase media, sin problemas de diversidad funcional, que sí tenerlas, ser inmigrante, o estar sin papeles, o ser madre soltera.

Por todo esto, no me queda más que decir, que las ciudades necesitan feminismo.

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