Haciendo política de arte y ensayo


La entrega de Puigdemont, y la posibilidad de que una cuerda de presos se presente a las elecciones para liderar la Cataluña del futuro, me hicieron recordar las películas de arte y ensayo que se pusieron de moda en 1968. Un timo diabólico, típicamente progre, que sirvió para que algunas salas sucias y destartaladas se llenasen de universitarios ansiosos de practicar antifranquismo cultural, y para que, tras ver algunas películas abstrusas y ramplonas, que nadie se atrevía a criticar, nos fuésemos a tomar unas cañas totalmente convencidos de que, mientras el pueblo alienaba viendo Grupo Salvaje o Topaz, nosotros -la élite cultural- habíamos visto una obra maestra del existencialismo decadente.

Aquel timo fue posible porque lo importante del arte y ensayo no era la película, ni el director, ni el reparto, sino un contexto cutre y semiclandestino -una amiga mía siempre veía policías de «la social» disfrazados de acomodadores- que nos transformaba en compulsivos semiólogos, hermeneutas, y escenógrafos capaces de escuchar un guion que nadie había escrito, de ver un símbolo de xenofobia en el acto de pinchar con un palillo una rodaja de chorizo, o de ver un prodigio de iluminación donde se ahorraba más luz que en una casa de aldea. Y el resultado era colosal, porque, al ser nosotros los que hacíamos la película, siempre salíamos satisfechos de aquella patochada, y llamábamos a un amigo para decirle ritualmente: «No te la puedes perder».

Y lo mismo nos pasa ahora, desde que la levedad del procés, el populismo y la visión antisistémica de la democracia convirtieron España en un parlamento de arte y ensayo. Sale uno y dice que «hay que buscar un nuevo encaje para Cataluña», y tres millones de papanatas se ponen a reescribir la historia de España desde Recaredo; a analizar los agravios que hemos perpetrado para que tan opulenta autonomía se sienta una colonia expoliada y humillada; y a pensar en qué les podemos dar para que nos vuelvan a querer, como antes, durante diez años más.

Basta una foto de Puigdemont y Junqueras para que todos veamos a dos finos estrategas, dueños del relato, dispuestos a sacudirse el yugo imperial que ahora representan Rajoy, Serrat, monseñor Blázquez, Sánchez y Florentino Pérez. Cuando la gente grita «votarem» -¡como si nunca hubiesen votado!-, vemos una emoción político-religiosa que invalida cualquier acción institucional, racional o inteligente que pueda tratar el problema desde la normalidad democrática. Y todo porque, tras haber convertido España en un país de arte y ensayo, hemos desterrado lo natural y lo obvio para hacer semiología y hermenéutica en beneficio del relato independentista. Nadie dice ya las verdades del barquero. Y por eso estamos en Babia, analizando, como si fuese una página de Kant, lo que no pasa de ser -lo dijo el preso- una matraca insoportable.

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