Partidos, clanes y clubes


Un congreso de un partido político, en el nivel territorial que corresponda, teóricamente sirve para poner a punto organización, ideario y liderazgo, interpretando el momento y preparándose para ser útil a la sociedad -o a la parte de ella- a la que se pretende representar. Que los partidos funcionen y no se anquilosen es, por otra parte, fundamental para el adecuado funcionamiento del sistema democrático. Por mucha confianza que se deposite en los procedimientos de participación directa, es indispensable que el sistema se sostenga a la larga sobre partidos que, como dice la Constitución, expresen el pluralismo político, concurran a la formación y manifestación de la voluntad popular y sean instrumento fundamental para la participación política. Con tal responsabilidad sobre los hombros, los partidos políticos deben tener los ojos y oídos bien abiertos, disposición reflexiva, capacidad de propuesta y, sobre todo, voluntad de sana interacción con los distintos actores civiles, económicos y sociales.

Llegado el proceso congresual correspondiente, procede examinar hasta qué punto esa función se cumple y analizar en qué medida se es eficaz para los objetivos políticos que inspiran a cada partido. Claro que también es, como no se le escapa a nadie, un proceso de conquista y conservación del codiciado poder partidario, en el que el nivel de debate en ocasiones no es el esperado. En un sistema de partidos con una militancia poco nutrida (el nivel de afiliación es ciertamente modesto) y una renovación inconstante y muchas veces insuficiente, el resultado está lejos de lo deseable porque falta más materia prima, más manos y más voces. Sorprende, en efecto, que a muchas personas con verdadero interés en la vida pública y con criterio político, ni se les pase por la cabeza la militancia en la opción que más se asemeje a sus valores y principios, porque consideran que es un mundo que no va para nada con ellos. A la par, muchos de los que están en la melé son incapaces de figurarse lejos de la pugna partidaria en la que constantemente viven, aunque su contribución sea ya escasa, más allá del conocimiento del medio interno y del personal a catalogar que les da la experiencia. Así, a menos pluralidad y menos número de afiliados, más campo hay para determinados comportamiento corporativos y -en último extremo- tribales, y para ciertas servidumbres que, a la larga, dañan a los partidos. Recordemos que, cuando se trata de democracias avanzadas, los partidos están en permanente competencia, en absoluto tienen garantizada su pervivencia y pierden pie rápidamente cuando se esclerotizan, se convierten en presa de grupos interés o son incapaces de salir de la lucha de poder interna, sea abierta o soterrada. Esta regla, en el caso de la izquierda, más fragmentada, con una militancia más exigente y sostenida más por la fuerza de su militancia que por intereses externos, es inexorable.

El otro riesgo frecuente y prosaico es que el debate, con motivo del proceso que toque, sobre todo en el nivel local, se centre en cuestiones que, a fuerza de su carácter interno y menor, rozan la intendencia. En lugar de pensar sobre los retos de la organización en su diálogo con la sociedad, con las otras fuerzas políticas o en su participación institucional, el exceso de cercanía con los problemas prácticos, con los conflictos humanos y con las cuitas personales de todo colectivo pequeño, pueden llevar el nivel a ras de suelo. Parece a veces que, lo que se reúne no es una agrupación o sección de un partido en un concreto municipio o distrito, sino la junta de una comunidad de propietarios o la asamblea de un club social dispuesto a decidir si se cambia o no la tapicería de las butacas de la sede. Sin embargo, por menor que sea el ámbito en cuestión, en cada caso procede elevar la mirada y pensar en el proyecto político que se pretende construir para la ciudad o el pueblo de que se trate, sin perderse en las pequeñeces ni dejarse arrastrar por las filias y fobias personales.

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