Cataluña, nuestro segundo problema


La independencia de Cataluña es ya, después del paro, el problema que más preocupa a los españoles. Lo constata el barómetro del CIS. Asuntos como la corrupción y el fraude, los desequilibrios económicos, el desprestigio de los políticos o el terrorismo yihadista han pasado a segundo plano. El conflicto catalán los ha eclipsado. Pero obviamente no han desaparecido: permanecen ahí, enquistados, a la espera de ocupar nuevamente el centro del escenario en cuanto se enderece la cuestión catalana.

La mitad de los españoles consideran que la situación económica es mala o muy mala, y que no ha mejorado desde hace un año. La inmensa mayoría de los restantes la tildan de regular. Pero todavía juzgan peor la situación política. Ocho de cada diez españoles la califican de mala o muy mala, cinco estiman que ha empeorado y seis pronostican que será igual o peor dentro de un año. Una marea de pesimismo nacional inunda el país y, aún así, se ve sobrepasada por la gigantesca ola desatada por el separatismo catalán.

Cataluña monopoliza el tablero político y se ha convertido en baremo de expectativas electorales. Las subidas y bajadas en la intención de voto se mueven en función de la respuesta que cada fuerza política da al desafío soberanista. PP y PSOE caen ligeramente -pierden ocho y siete décimas, respectivamente, con respecto a julio-, tal vez por la resistencia de Mariano Rajoy y de Pedro Sánchez a aplicar prematuramente, antes de agotar las demás vías, las medidas drásticas del artículo 155. Probablemente muchos españoles y la media Cataluña no nacionalista les achacaban indecisión y tibieza, habida cuenta de que la encuesta se realizó antes de la aprobación del 155. En todo caso, el desgaste ha sido moderado y seguramente ha quedado amortizado tras la convocatoria de elecciones autonómicas, la fuga de Puigdemont y el encarcelamiento de Oriol Junqueras y de siete ex consellers.

El barómetro registra un notable descenso de Unidos Podemos -1,8 puntos menos que en julio-, como era previsible e incluso anunciado por alguna de sus antiguas dirigentes. Cataluña se ha convertido en un vía crucis para las huestes de Pablo Iglesias. Su calvario comenzó al confundir a Rajoy con el Estado. Continuó el día en que Puigdemont cruzó el Rubicón y se echó fuera de la Constitución: Pablo Iglesias, ni fu ni fa, ni 155 ni DUI, se quedó chapoteando en medio del río. Y ahora nadie acierta a explicarse qué pinta esa izquierda bailándole el agua (Paco Frutos) a un nacionalismo excluyente, insolidario y reaccionario (Nicolás Sartorius).

Todos los beneficios -sube tres puntos- los recoge, momentáneamente, Ciudadanos. Tiene lógica. Nacieron exclusivamente para combatir al nacionalismo catalán y ahora que este se echó al monte, los Ciudadanos se presentan en la jornada cinegética como los cazadores más expertos. Me temo que estos jóvenes halcones seguirán engordando. Al menos, mientras Cataluña determine la orientación del voto y cunda el «¡a por ellos!» en los cenáculos del nacionalismo español.

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