De entre los espectros


En realidad, lo más relevante de la semana fue la polémica por la supuesta franja violeta de la camiseta de la selección española de fútbol. Es un efecto óptico, en el bordado se entrelazan el rojo y el azul y de lejos aparenta un morado; bastó ese engaño cromático a nuestro cerebro, un juego en el espectro de los colores, para que el gobierno sugiriera su disgusto. Entre un aquelarre de cuñadismo en programas de deportes por esa amenaza fantasma se terminó por diluir la gran presentación que había preparado la marca textil para la ocasión. No hubo estrellas del balón bajando en helicóptero, apenas un posado breve ante las cámaras, quizá (dicen) haya que usar alguna camiseta anterior en partidos próximos. Todo por una estantigua de la república que no está, no se la espera, apenas su visión imaginada ya provoca este temblor.

¿De verdad es normal que el Gobierno pueda insinuar que una camiseta de fútbol no es correcta? Hablamos de un Ejecutivo presidido por un señor de las sombras, maestro de lo fantasmal. ¿Es nuestro presidente ese M. Rajoy o acaso ese Mariano R. que «indiciariamente» cobró sobresueldos en negro fruto de una trama corrupta de sobornos y dádivas? ¡Qué gran misterio indescifrable! Hablamos del hombre que comparecía mediante una pantalla de plasma, como un holograma, otro espectro que no se deja atrapar. A veces habla con tautologías, nos propone enigmas desde El Otro Lado como el alcalde es quien quieren los vecinos que sea alcalde o los españoles que son muy y mucho españoles que, sin duda, con una sibila eficaz, podrán darnos claves del destino.

 Será que aún está reciente el equinoccio de otoño, ese momento fugaz en el que los antiguos pensaban que se mezclaban el mundo de los vivos y los muertos. Por todos lados nos rodean los fantasmas. La expresidenta del parlamento catalán, Carme Forcadell pasó una noche en prisión, luego salió con fianza. Dicen que para lograrlo antes tuvo que desdecirse una proclamación de independencia que fue también espectral, apenas una declaración de intenciones, no fue un acto real en la cámara del pleno, que se firmó en una sala anexa, no fue una votación con consecuencias jurídicas. Algunos informaron de que se había definido como un acto «simbólico», otro espectro ambulante que sumar a nuestras cuitas de lunes a viernes. Se ha dicho, pero otros los desmienten, porque lo que nos va es vivir entre fantasmas.

No somos pragmáticos, como la familia de Hiram B. Otis que en el cuento de Oscar Wilde se burla de los vanos intentos del fantasma de Canterville por asustarles (llega en un momento a pintar de azul la mancha eterna de sangre que es signo de sus crímenes en el suelo, lo hace porque se le acaba la tinta roja. De algo así sólo puede asustarse el gobierno y ciertos periodistas deportivos) estamos entretenidos con nuestras apariciones. Pero lo cierto es que es otro fantasma, el de Dickens de las navidades futuras, el que ha venido a quedarse a vivir entre nosotros todo el año. De entre los espectros (vivimos en un tiempo en que se borra plano a plano a Kevin Spacey de una película en vez de afrontar la realidad de que ahí estaba con sus actos) no llega ninguna voz que señale con un dedo huesudo de esqueleto de parca que los salarios se desploman, que el sueldo medio ha menguado por primera vez en la última década, que la práctica totalidad de los contratos son temporales, que un trabajo no garantiza que te para vivir, ni la emancipación. Es la recuperación económica también un espectro, pero nadie quiere enfrentarlo, hay otros fantasmas, por lo visto, más divertidos.    

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