Un duro despertar


Al llegar el jueves al Supremo, Forcadell reflejaba en su rostro el estado de ánimo del secesionismo. El entusiasmo de hace un par de semanas se ha convertido ahora en atribulada resignación. Forcadell llevaba escrito en su cara el dolor de la derrota y el temor a un futuro entre rejas. Ya no queda prácticamente nada de aquel sueño con el que hicieron creer a miles de catalanes que era factible conseguir lo imposible. Pero, al final, los sueños sueños son, y solo sirven para hacer más duro el despertar. Y conviene que así sea para que volvamos a la realidad y afrontemos los problemas que realmente nos afectan a todos. Ciertamente, la forma en que convivimos es uno de ellos. Pero no el único. Y, con su desafío, los secesionistas han logrado que en los últimos tiempos nos hayamos olvidado de recortes, desigualdades y corrupción. España necesita volver a su ser, su maltrecho ser, para afrontar las reformas que nos permitan recuperar lo mucho que hemos perdido en el último decenio. Pero lo que sea deberá ser desde la legalidad y desde la lealtad. Porque la política no puede seguir siendo el reino del chantaje permanente en el que la han convertido los nacionalistas. La diversidad es un valor a preservar, pero no un arma arrojadiza en manos del más fuerte. El duro despertar debe servir a los independentistas para asumir que fuera de la ley no hay más mundo que la cárcel. El 21D empieza una nueva etapa y es posible que vuelvan a ser protagonistas. Si lo hacen desde el respeto a la ley y a la democracia será mejor para todos. También para ellos. Forcadell les muestra el camino.

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