El Occidente no puede seguir abandonado a su suerte


Como un barco a la deriva. De esos que no se sabe dónde encallan, como una flota pesquera venida a menos. Se podrían acumular tantas demandas de actuación que llenaríamos alguno de los embalses -que, por cierto, están en sus niveles más bajos de los últimos 10 años- de la llamada «ruta eléctrica» a lo largo del Río Navia.

No es solo que los representantes políticos estén desaparecidos la mayor parte del año de la zona occidental, y que sólo vengan a sacarse fotos en inauguraciones o a realizar promesas cuando se acercan las campañas electorales. El abandono no es solo físico o discursivo, es integral. Otro incendio más a sumar a los ya acaecidos, y que asolan aún más este territorio.

Para ilustrarlo podemos dar algunas cifras de relumbrón. Contamos con una población (2016) de 82211 habitantes, según SADEI. Si a ello le añadimos que hemos perdido un 27% de esa población en la última década, y que se producen de 15 a 35 muertes por cada nacimiento, el panorama es muy poco halagüeño.

Se puede salir de este círculo vicioso, pero debemos dar solución a una serie de problemas generalizados como la sangría demográfica, el abandono de los oficios tradicionales y el sector primario, la fuga de tejido productivo a zonas limítrofes, la pérdida de biodiversidad y de acervo cultural, el desarraigo ciudadano del campo, el desmantelamiento de los servicios públicos, la negligencia en el cuidado de los montes, y así un interminable etcétera.

Pero no podemos olvidar la falta incipiente de inversión en sanidad y dependencia, en educación y en las escuelas rurales, motor de crecimiento de cualquier territorio y que ayudan a mantener la calidad de vida de quienes habitan en el ala occidental. Un asunto vital a la hora de fijar población y de permitir la creación de un proyecto de familia.

Es vital una apuesta decidida por un turismo sostenible, agricultura ecológica y denominación de origen, mejorar el transporte público, preservar la biodiversidad y el patrimonio cultural, ayudar a la formación y al emprendimiento, -femenino especialmente- o la reestructuración del sector primario, haciendo una apuesta firme por la investigación, el acceso universal a la banda ancha y una mejora de la fiscalidad empresarial.

Quienes todavía tenemos el empeño de vivir en el entorno depauperado que nos están dejando, debemos conseguir recuperar el tren de la convergencia, una verdadera cohesión territorial, y que el Occidente deje de ser un paraíso del que algunos solo se acuerdan para venir de paso a Galicia, o del que guardan recuerdos de tiempos pretéritos. Sobran viviendas y falta gente.

El occidente astur tiene esencia; es la ría del Eo, el vino de Cangas, la playa de Porcía, Severo Ochoa, el castro de Coaña, los «teitos» de Somiedo o la miel de Boal. No hay tinta para escribir toda la grandeza de este pequeño gran lugar y sus gentes, ni agujas del reloj que lo permitan.

Se está dejando desamparada a una población que no recibe respuesta alguna a sus demandas, y que ya ha perdido muchas oportunidades. Aún nos queda tiempo para corregirlo si de verdad planteamos una estrategia a largo plazo.

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