Cataluña, anclada en el estigma


Estén atentos a esta crisis. Síganla con detalle, les dije a mis alumnos de Economía de la Facultad de Derecho de la Universidade da Coruña. Este es uno de esos casos en los que un poder legislativo es capaz de truncar el ciclo económico expansivo. Es una gran lección, que los acompañará durante décadas, de los efectos devastadores que tiene el generar inseguridad jurídica. Hace 18 años, la Arabia Saudí de América Latina, Venezuela, agarrándose a una mayoría popular, mandó de viaje sin retorno la seguridad jurídica de su país. Este lunes, no encontró doscientos millones de dólares para hacer frente al cupón (pago del interés) de unos bonos, y entró en suspensión de pagos. Ya no hablo de la miseria que se vive en sus calles ni de los miserables que la gobiernan, hablo de doscientos millones de dólares. Calderilla para cualquier nación, y más para una que exporta petróleo.

Pero volvamos a España y a Cataluña. Aquí el tema es de una claridad total. ¿Alguien conoce a un marinero qué salga a navegar por nuestras rías en un día de niebla espesa? Ni Miñanco en sus mejores tiempos. Nadie sale. Con mal tiempo, algunos; sin visibilidad, ninguno. El Gobierno de Puigdemont y el grupo parlamentario que lo respaldaba legislaron en contra de nuestro marco jurídico y, aunque ahora todo parece ser que era una broma que nos estaban gastando a los aburridos de los españoles, lo cierto es que nos la creímos. Hicieron tan bien su encerrona, que los grandes bancos de inversión se creyeron que un pueblo entero, en masa, se había lanzado a votar, y que una policía sanguinaria lo estaba reprimiendo sin piedad. Vendieron que éramos Inglaterra y ellos la India. Que el Gobierno español era un nido de corruptos y ellos, Mahatma Gandhi. Que el bien vencería al mal. Que nos odiábamos y nunca viviríamos en paz. Y si hubiera quedado aquí, aún tendría un pase, pero nos convencieron de que dinamitarían el Estado de derecho y crearían uno nuevo, incierto, sin definir, pero inminente. Y esto último sí se lo compraron el Banco Central Europeo y los inversores bursátiles y los ahorradores. Hasta se lo creyeron sus propios empresarios.

Hoy Cataluña está estigmatizada como espacio económico de alto riesgo, de niebla espesa, y mientras ese estigma esté vivo nada volverá a la normalidad. Y si del 21-D sale un Gobierno constitucionalista se disipará mucha incertidumbre, pero más de uno pensará: «Con tanto odio, tanta revancha, ¿cuánto durará esta paz romana?». Y el que así piense no volverá. ¿Por qué ha de hacerlo? ¿Qué gana? ¿Usted lo sabe? Yo tampoco. Cataluña solo tiene una solución: un vuelco electoral absoluto hacia las fuerzas constitucionalistas. Y como no es previsible que esto ocurra, lo razonable es que digamos que, para ellos, cualquier tiempo pasado fue mejor.

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